lunes, 20 de diciembre de 2010

La fábula del hombre lobo.




El que a hierro mata a hierro muere, eso es así y él que diga que no tendrá tiempo de desdecirse, pasa con los políticos, con los poetas, con las malas influencias y con los vicios baratos.


Por pasarle, les pasa hasta a los chuchos sin más casta que el colmillo que enseñan, perros mil leches de venas cansadas, animales a los que aun perteneciendo a indecibles razas les cargan el sambenito de no pertenecer a ninguna.


De uno de esos va esta historia, se llamaba Jaco y así le llamaban, con toda la sorna del mundo; decía de si mismo que era el mejor en lo suyo y el muy cabrón no mentía.


Cuentan que tocaba con la rapidez de un tiro de speed bien cargado, de vez en cuando se enchufaba una loncha y veias como la inspiración se le descolgaba del rabillo del ojo; los lienzos se le quedaban pequeños y un día a martillazos decidio sacarle los trastes a su viejo Fender.


Ahí empezó todo, nunca se supo de los tratos y cambalaches en los que aquel crío de piel blanca y alma de negro chicano se había metido para conseguir sacarle los sonidos que le sacaba al instrumento. Él se sonreía, se recogia la melena en aquella cinta manchada y se echaba el bajo al hombro, pegando los labios al micro susurraba un: “Hola, me llamo Jaco Pastorius y soy el mejor bajista del mundo.”.


Sin arrogancia, era un simple aviso de lo que se cocía en aquellas salas en las que poco a poco fue consumiendose el alma del pobre muchacho.


Dicen las malas lenguas que no supo llevar el rol de ídolo de masas, de hombre a tener en cuenta; otros, a lo mejor más conscientes de lo que supone mirar hacia atrás y no ver el fin de tu propia sombra lo justifican; un hombre que toco techo muy pronto.


Los médicos, lo vieron claro, era un enfermo, un cordero con complejo de lobo; “pero descuida”, le tranquilizaron tendiendole un puño lleno de antidepresivos, “lo tuyo tiene cura, John”.


La ciencia pretendía salvar la vida útil de aquel genio y Jaco en primera instancia decidio cooperar, ya se sabe que los animales de su calaña comen de cualquier mano que les ofrezca.


A los pocos días, enzarzado en un mano a mano con el bajo, descubrió que aquellas drogas asépticas le dormian las zarpas. Le aseguraban el no perder la cabeza, pero de que le valia aquello si a cambio castraban su arte...


No sé sabe como ni por que, pero aquel perro pachón comenzo a aullarle a las botellas de Ballantine's, a dejarse el hocico detras de rastros tan blancos como su mismo pellejo. La industria vio en los ojos de su flamante mascota un deje de hombre lobo.


Sea como fuere, se aguo la polvora de sus venas, el fuego de su alma se consumio y el pobre Jaco que nunca dejo de ser un perro de nadie volvio a las calles en las que descansan los suyos. Hombres dedicados al vicio del malvivir, a las duchas de vino barato; hombres que no se atreven a saltar una vez más al ring.


Las gentes de bien no entendian al pobre diablo, no comprendian porque el músico más virtuoso de su generación ninguneaba su arte para ir dejando su maltrecha alma por el infierno de bares y fumaderos que frecuentaba. Lo apresaron, le meterieron entre rejas como a cualquier otro perro que hubiesen pillado sin collar.


Barrotes a él, no puedes apresar a quien ha dado de sí su disfraz de hombre. Jaco se limitaba a sentarse, a silbar entre dientes, sus pulgares redoblaban sobre sus muslos; tenía la mirada fija en aquellas paredes de penitenciaria de mala muerte; paredes que a sus ojos brillaban disfrazadas de horizonte.


Lo sacaron, le devolvieron aquel bajo que tantas veces había esgrimido y él con esas trazas de colono inglés que renuncia a la patria y se declara algonquino volvió a perderse por las calles sucias de la gran ciudad.


Bebía como aquel personaje de Saint-Exupéry, para olvidar, primero el destino perdido, después la gloria pasada, al final, como el bueno de Charlie Parker, bebía para olvidar la vergüenza de beber.


Jaco dió por perdida la partida, un hombre más cauto hubiese esperado en silencio el final pero este viejo perro no, quiso demostrar que aun tenía mordida y en cuanto se enteró de que Alphonso Johnson, un chucho con la misma sarna pero que no meaba dentro de casa, tocaba con Santana en un bar de la zona, decidio ir a marcar el territorio.


Le echaron del bar, a patadas, como de tantos otros.


Al encaramarse al siguiente tugurio en busca de un trago se topo de bruces con un cancerbero que decidió que estaba montando el numerito, Jaco sacó pecho y el susodicho portero se lo debio de hundir de una patada.


El pobre diablo ladró un par de blasfemias inconexas y dió de bruces contra el suelo, se abrazó a la grava caliente de la acera y sintiéndose desenmascarado por la muerte susurró con la lengua fuera un: “Hola, me llamo Jaco Pastorius y soy el mejor bajista del mundo.”.




-.La foto de Adriana Tudela, http://www.flickr.com/photos/atgfotografia El modelo otro loco como Jaco, también le saco a martillazos los trastes a su bajo y pinta que da gusto, http://derriboinminente.blogspot.com/ Echenle un ojo, yo me voy a seguir leyendo que Borges tiene mucho que contar. Salud.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Cosas de ir de inmortal sin tener donde caerse muerto.





Hay noches en las que las paredes te guiñan el ojillo, enseñan diente y se sonríen; se creen horizontes, te tienden la mano y resoplan.

En noches como esas hay mujeres que se creen cometas, o meteoritos y queman estela; tan rápido como pueden andan, andan y andan y se pierden por las calles sucias de esta ciudad.

No les importa un carajo el destino, sólo piensan en llegar; en sentarse al otro lado de una barra, en apoyarse en un cristal o en cruzarse de piernas y esperar a tener una oportunidad, una mano mejor, un destino que les dé a ellas la pluma.

A martillo y cincel, así pasan las horas, marcando ritmo de cantero en mi espalda, pasan como diapositivas de un viaje lejano, enfiladas, difusas, extrañas y mis yemas no saben que piel palpar. Qué más da, total no tengo tacto de poeta, ni de ciego por mucho que goce de vista cansada.

Los ojos se me cierran y el infierno sigue ardiendo bajo mis pies, bajo tu ombligo o detrás del cielo. Que se consuma el mundo y me deje a mí en paz.

Lejos, que no vea la llama pero sienta el calor, que cuando caiga al suelo me pregunte por qué soy ceniza si no he ardido, que alguien me repita al oído que nací quemado, o que a lo mejor soy todo pólvora sin cartucho.

Pólvora negra, pólvora mojada, polvo cansado con voluntad de explotar.

El viento roba a navaja los besos muertos de la gente y la noche sigue a lo suyo, celebrando que el Sol no tiene qué celebrar y aprovechando que en los bares no pasa nada interesante hace quinielas que apestan a superstición. A amor maldito, a residuo de retrete de bar.

Caen colillas al suelo, bailan hielos en tu vaso y sigue sin pasar nada. En la calle ladra un perro, parpadea una farola y a los yonquis les da por dárselas de cuentacuentos.

Los niños sueñan y la gente responsable espera.

Las lágrimas saben a agua estancada, a whisky de garrafón, a silencio incomodo, a verdad muda. Verdad como que esta noche es otra de tantas, verdad como que el mundo es un traje pequeño que nunca llegamos a llenar, verdad como que para el papel que me han dado que salga otro a escena, que yo me quedo en el camerino.

Verdad como que esto es un hasta luego, una rendición con los dedos cruzados, un no tengo ganas de más, un no me tires de la lengua y déjame en paz.

Tómatelo como una confesión, una sumisa tontería precedida de trompetas.

Que me rindo, que no tengo nada que decir, que esta mecha no arde, este cuerpo no quema, estos dedos no escriben, esta carta no es un as, este cielo no cae sobre nuestras cabezas, esta vida no es para sin ti, estos caminos no llevan a ninguna parte, estos labios no quieren sonreír.

Necesito munición para mi ruleta, me voy a patear la calle. Volveré cuando vuelva si es que vuelvo.

Salud.



Foto de Ernie: http://www.flickr.com/photos/erniebm/. Gran amante de los animales.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Salvaguardando




Dibujito de Alberto Soto; actualizo solo para enlazar el número nuevo del fanzine que llevamos un tiempo editando, que como la ruleta está amparada por el Creative Commons nos cubrimos el culo con el asunto del plagio y los robos de la propiedad intelectual. Libre es quien quiera de descargarla.

Ahí queda eso:

http://www.megaupload.com/?d=EO5A3KD1


domingo, 21 de noviembre de 2010

Una imagen de Celaya vale más que mil palabras de Rimbaud.









Ocurre que soy todo mecha, pero que me falta tu chispa para estallar.

Tú, ocurre que tú te has cansado de dibujar y sucede que yo me he cansado de ver como baila tu dedo en el aire. Delineando sueños al otro lado del cristal.

Y ocurre que el cristal no nos quiere perdonar. Sucede que tiene complejo de calidoscopio, que está harto de complicarlo todo; él, dice, que se desentiende de esta realidad, que por favor no miremos como le recorren la nuca los rayos del sol.

Y resulta que el sol no quiere entrar en nuestras cuevas manchadas de decepción, en mi guarida, esa que bordean campos de trigo y centeno. Campos sin frutos ni guardianes.

En esta cueva sólo existen apuestas perdidas, malas manos, imágenes reflejadas; curas de miel y tisana, lunas de corcho y terciopelo que flotan sobre el escenario.

Ocurre que esto es una prisión, la celda del yo nunca, o del te quise, o la del perdóname; sucede que chirrían las cadenas al levantar, que no hay presunción de inocencia que valga.

Ocurre que no queda ni hielo ni limón con el que acompañar el alcohol que a cantaros vierten tus ojos. Sucede que tanta mierda hace costra en el zapato y que tanto fracaso hace lo propio en el corazón.

Ocurre que en los platonismos no existe el síndrome de Estocolmo, no te acostumbras al roce del acero en las muñecas; sucede que nunca acabas de entender del todo para qué sirve la soledad.

Sucede que el vacio de las vitrinas coge polvo, que la ruleta gira y las rodillas dicen que basta; que no queda sitio en las estanterías, que detrás de ese cristal no caben ya más sueños rotos.

Ocurre que pese a todo, me queda cuerda para rato; para izar cualquier bandera que aun se te ocurriera dibujar, con ese dedo frío, que juega hoy, y jugará mañana con el cristal.

Ocurre que en este sórdido mundo hay más alternativas que soluciones de verdad.






-.Llevaba un mes sin actualizar y los cuadernos estaban llenos, he rescatado de entre los archivos este (llamesele) poema que me hacía gracia. Qué se disfrute. La foto de Varyamo, un andaluz. http://www.flickr.com/photos/pixelinpictures/

lunes, 25 de octubre de 2010

"La vuelta al día en ochenta mundos"






Qué la matemática está equivocada, qué lo sepas, qué nada y nada hacen un poquito, qué los números primos son primos hasta que se enamoran, qué si tus labios fuesen asíntotas no habría función que no se lanzase de cabeza a cruzar la vertical, la horizontal y la oblicua.

Pero qué más da todo esto y aquello y lo de más allá, debía de pensar aquel gris conductor, que devoraba carretera como si pretendiera alcanzar al sol, que barriendo para dentro se metía en su portal.

La sombra del autobús se alargaba sobre la grava caliente, las lagartijas se divertían apostando, algunas decían que lograría dejar al pasado atrás, deshacerse de esa carga persistente que pisaba los talones a pasajeros y conductor.

Las más viejas se reían acariciándose el muñón de la cola, que el pasado no perdona.

El bus se zarandeaba, la gente dentro miraba a la nada de aquel desierto, al pellejo desinflado de lo que había sido un oasis, una vida de ayer.

Como la que quedaba a sus espaldas, al otro lado de la arena de Sonora.

La arena echaba a volar creyéndose aguilucho, o promesa furtiva, o mente vacía.

Y el sol mientras giraba sobre sus talones, saludando con su frente sudada los tranvías de Tokio, los hombres grises se frotaban las manos y encendían el primer pitillo del día.

En los vagones se agolpaban cascaras vacías, y Momo ya casada y haciendo el desayuno de sus cuatro hijos no se atrevía a decir nada.

Desde la ventana de aquel vagón de la línea cuatro la gente dejaba escapar sus almas entre bostezo y bostezo, cansadas las pobres de tanta rutina se escabullían por las rendijas de ventilación y nunca más volvían la vista atrás.

En la cabina otro conductor iba de cabeza al sol, como un Ícaro con ganas de zambullirse en el mar, la gorra le ensombrecía la mirada, una mirada que no entendía de renglones torcidos, ni de amor, ni de perdón, una mirada que ante la duda del porqué se limitaba a seguir los raíles de esas calles estériles.

Un gallo maullaba, en la orilla de un río a miles de kilómetros de allí, el sol se retrasaba y no sabía qué hacer, despertó a un pobre barquero, que poniéndose sus calzas salió de la chabola.

Era un hombre humilde, un pobre que se dedicaba a ayudar a las gentes a cruzar aquel riachuelo, por la voluntad. En su rostro el tiempo se había detenido, no había ninguna prisa en su andar, se sentó en su chalupa con los pies rozándole el agua y se puso a buscar palabras en silencio, algo con lo que decir adiós, o hasta luego, o alguna frase con la que hacer que una mujer se sintiera querida.

Y no encontró nada, en aquel manglar estaban él, su reflejo y un triste gallo que no sabía ni como tenía que cantar.

Era de noche cerrada y los niños corrían a sus colchones de paja y cartón; los morteros dejaban de escupir esas puyas de pólvora y metralla, y en torno a la luz de una bombilla cagada por mil moscas se urdía un delito de contrabando y amor.

Que los túneles eran peligrosos y se podían derrumbar, le decían agarrándole del hombro, a él le daba igual. Miraba a aquellos críos, que clavaban sus ojos con miedo desde sus improvisadas camas en el techo de aquella habitación desvencijada, a la que llamaban hogar.

En su espalda notaba a un anhelo empujarle, en sus oídos doblaban por él los ecos de las bombas. Echó la rodilla en el suelo y se metió en el túnel. Goteaba arena seca y fría, a gatas siguió adelante, en busca del otro lado de aquel túnel, de la otra cara de la frontera; en busca a fin de cuentas de un nuevo día y de un nuevo sol.

Un sol que en aquel bar del centro de la ciudad tenían olvidado, las luces de colores chocaban y volvían a chocar cogiendo velocidad; los jóvenes se movían, al ritmo del aviso de bomba que escupían los altavoces.

Un muchacho salía airado del baño, con los ojos rojos de humo y dolor, el puño cerrado de rabia y la mente encharcada en malos pensamientos. Cruzó el bar de dos zancadas y salió a la calle donde el frio le hizo volver a sentirse persona.

Caminó, buscando su casa, miró al reloj, pensó en esperar al día sentando en el portal, la calle estaba helada y él se hubiera congelado con ella, quieto y sin enterarse de nada hubiera esperado a la primavera, a un sol que calentase más, a un tiempo menos duro.

Pero no era una opción, se dijo, mientras giraba el picaporte de su piso y buscaba a tientas la cama.

Mucho más al sur mi vecino fumaba, fuma un cigarro y después otro, como eludiendo a la realidad, a los horarios y a lo que le espera al otro lado del alfeizar de su ventana.

Mientras, observa a la luna con los ojos entornados. Ella mete tripa y se pone de
puntillas ,pizpereta como es se da la vuelta y mira a sus espaldas, ni rastro del sol.

Hace una mueca y sigue caminando, enfadada, de que el muy cabrón no aparezca.

Le insisto y le digo que se espere, que observe a la gente que vuelve sola a casa o que cuente estrellas; pero ella pasando de todo clava su vista al otro lado del mar, donde un autobús sin frenos atraviesa bajo un manto de estrellas el desierto de Sonora.



-.La foto una vez más de el maestro Goya. He estado dudando de si colgar esto o una crítica que he escrito sobre un libro de Carlos Castán (Museo de la soledad). http://www.flickr.com/photos/tonigoya

jueves, 21 de octubre de 2010

Niega el apóstata y ríe el gallo.





Dios se levanta ronco por las mañanas, se estira y cierra la ventana; los años no perdonan, el azul de los ojos ya no le huele a mar; le cuelgan tibios los brazos y su cuerpo de acero, que tantos astros colgó del cielo flaquea.

De ese mármol queda ahora la gravilla, grava gris que se deja calentar al sol, grava gris que todo lo ve y que ya nada entiende.

Dios silba soleas desde su ventana.

De pascuas a ramos le brilla la aureola, él se ruboriza y mira al infinito, piensa en esas muchachas que le nombran jadeantes, con los dedos de los pies cruzados y un infierno congelado en el bajo vientre. Y sonríe.

En la plaza los niños juegan, se creen bombarderos o dinosaurios y persiguen palomas; que rompen a volar, esquivando las piedras que les lanzan esos pequeños efes-dieciocho.

Y Dios se cabrea, porque ya no le quedan mejillas, ni carrillos, ni articulaciones sanas que tender a nadie. De tender solo le quedan las pinzas y se dedica a lanzárselas a esos críos; que solo saben apedrearle su viejo espíritu de buen pastor.

Un espíritu dolido, que recuerda veranos pasados. Noches de vilezas, de besos vacios; noches de mar y tormenta, pero también tantas noches de soledad.

Resuena el timbre de Dios. Que si le interesaría a usted hacerse de Endesa; los años se han llevado su paciencia, les cierra de portazo y busca sus rayos.

Estarán en el desván, concluye; con todos los cachivaches de juventud, de esos tiempos lejanos en los que firmaba como Zeús en el papiro y en los vientres de sus musas.

Aún las recuerda, sueña con ellas, las llora; Europa, vieja desgraciada, la tienen bien puteada, encorvada y sin dientes; murió su ambición, la avaricia la envileció, ahora solo queda la desidia del que espera el descanso del nicho con la mente en blanco, sin pensar en nada ni nadie, fumando, comiendo, riendo, intentando no sentir.

Por no llorar.

Dios llora. No le queda tabaco y cada vez que le pega un lingotazo a esa vieja botella de vino aguado le asalta la nostalgia.

Se sienta en la mecedora y se enciende el puro de las grandes ocasiones, un Montecristo, valga la paradoja; juega con la vitola, se anilla el dedo con ella.

María… más sencilla que la vieja Europa, tan aséptica y mojigata… Una digna madre para un chiquillo, pero no era lo que una vieja deidad, de nudillos cansados y cejas canas busca.

El había sido un poeta, de los de verso certero, tasca barata y bastante mala hostia. No quería esposas fieles, ni palomas blancas. Quería fiestas obscenas en casa del rufián de Barrabás, una pena que por disputas familiares no le llegaran nunca a invitar.

El seguía con sus versos, colgando lunas del cielo, separando los mares, iluminando el sino de los hombres en su corazón, haciendo prender zarzas, resucitando y echándose otra vez a descansar.

Dios se levanta, con el convencimiento rugiéndole en el pecho, con la determinación brillándole en sus tres ojos grises, le tiembla el labio, marcando ritmo de salmo, soniquete de violín, de esos que viejos amigos hacían sonar cuando les ponía la mano en el hombro.

Dios acaricia sus libros viejos, sus versos, sus hazañas, su vida; con dulzura, con ese tacto suyo de viejo poeta. Y ya no le pesa tanto esa cruz. Se va volando la culpabilidad.

El viejo cabrón rompe a reír, ve bajar el telón y gracias da de no estar en escena.

A voz en grito se cisca en el Diablo y retoma la botella.

Las palomas de su alfeizar echan a volar.

Sobrevuelan Gran Vía y tienen el intestino bien cargado.

Me llevo un clínex al hombro, está claro que si de algo me tenía que empapar en esta historia no iba a ser del espíritu santo, ni del puñetero mana.



-. Dicho todo esto sin ningún tipo de ánimo de ofender, si alguien se ofende (algún cristiano fundamentalista pedorro) que sepa que no me retracto de nada, que Dios es ante todo un personaje literario y que esto carece totalmente de literalidad. La foto de un tal Miguel Ángel, que en esto de ilustrar historias sacras, los miguelángeles son un gremio que se prodiga. Creo que es barcelonés, tiene un talento que salpica todo lo que su cámara toca: http://www.flickr.com/photos/migajiro Echadle un vistazo, aunque solo sea por las modelos y musas que trabajan con él.

sábado, 16 de octubre de 2010

Alma de cambalache.








Me malvendieron la ilusión en la esquina de aquel rastro.

Que si a cero treinta alguna idea, por un euro sueños de futuro y por tres la felicidad, de regalo un plan huida. Gritaban las gitanas, con los dedos ensortijados y una chispa de ingenio y ron en la mirada.

Y las suelas de los zapatos, se perdían entre el mar de puestos, que aquellos hombres como vigías con esas velas manchadas a las espaldas y esas patentes de corso a la vista, se dedicaban a otear.

En busca de un mercante encallado, de un hombre al agua; como tiburones de pecera, como gallos en su corral. Los compradores se dejaban engañar.

Un anciano quema piedra debajo del cartel de su puesto, “Ojalatería”, que él la llama; a pesar de que no venden besos, ni poesías ya escritas, ni soluciones fáciles, ni máscaras tras las que esconderse.

Qué no payo, que aquí solo vendemos recambios; pues quiero un alma de repuesto; pues te jodes pisha, que en oferta solo tengo carburadores.

Y el fluir del dinero me arrastra, entre los puestos, en los que palian su falta de almas con vodevil; “hoy de once una, les ofrecemos a los señores mentiras lisonjeras, como que a la señora le favorece esa chaqueta o que es perfume aquella cicuta”.

Siguen sin vender almas, pero que busque más p´adentro. Más p´adentro me ofrecen una manzana, me aseguran que no está envenenada, pero para que la quiero yo, si no me van echar de ningún paraíso por hincarle el diente.

En esa misma callejuela, buhonean bragas a un euro; qué para que almas “miarma” si tú a una muchacha le regalas dos de estas y la tiene a tus pies; es que sería irónico, le explico, algo así como que Dillinger regalase cajas fuertes a los bancos.

Amenaza con echarme un mal de ojo y me voy con unas bragas en la mano.

El viento se dedica a levantar faldas, para comprobar cuantas mujeres compran aquí su lencería, me susurra el muy cabrón.

Me levanto las solapas de la cazadora y me voy por donde he venido. La gente va y viene, algunos en sus coches, otros a mí lado con las manos en los bolsillos.

Al girarme el mercadillo ya no está, el viento me pasa la mano por el pelo y me explica, qué como todos los buenos rastros, estaba dibujado en arena fina.

Sí, eso será, que la cal la pongo yo; con las suelas de las botas roídas, los dedos congelados y unas bragas en el bolsillo.

Por lo menos no me voy con las manos vacías.



-.Basado en hecho reales y aunque nunca jamás lo vaya a leer, va dedicado a Montero Glez, que al releerlo me ha recordado a "Cuando la noche obliga", a pesar de que nada tienen que ver (tal vez patine, pero creo que hoy es el cumpleaños del sujeto). Sabina me decepcionó ayer, se ve que es humano y los años pesan, Panchito Varona salvó la noche. La foto de un tal Germen, por no abusar más de Antonio Goya: http://www.flickr.com/photos/germencillo/

jueves, 14 de octubre de 2010

Y los sueños...







Resuena el llanto de la guitarra, de entre los cipreses que se desperezan, aparece el sol que entra en escena con paso seguro, y sin hacer caso al apuntador, calienta como no debería calentar.

El sudor se arremolina en su frente y bajo las ruedas de su coche arde el asfalto. La calle se les queda pequeña y la gente les ve perderse entre más gente. Distinta, pero igual.

Un poli les para, ella ruge calentando bujía, el baja con descaro la ventanilla y ajusta el retrovisor; qué sucede, iba usted muy deprisa; lo sé responde él sin hacer mayor aspaviento; se quedan mirando y la gente camina.

Sin dirección ni destino, algunos caminan por caminar, otros tienen prisa, el reloj les quema las entrañas y el amor o el odio o el miedo, la mirada.

Arden, como arden las palabras cuando uno las sabe cargar de pólvora y cicuta. Yo camino marcando un compás de cuatro por negra con el talón. No quemo rueda, ni conduzco un Ford Fiesta pensando que es un Mustang, tampoco me hace ninguna falta.

Friegan las calles; artistas y titiriteros bailan con el sonido de un violín, flotan globos en el aire y los niños pierden su mirada en el cielo, que se encapota para salirte a torear.

Como un miura, echando sangre y arena hacia atrás, cargas cuesta arriba.
A mí la boca me sabe a cloro.

Las golondrinas rondan a los patos, las arañas a las moscas y un pobre picador crecido intenta entrar a matar contigo.

Va jodido, no más que yo, que le observo y me sonrío.

Tampoco tengo mucho más que hacer.

Ya están sacando a rastras al sol, que desde el suelo me guiña un ojo, no ha sido un mal recital.

Mejor al menos que mi día, que entre dolores de cabeza y palos de ciego se extingue por la ribera que no se detiene ni para preguntar que qué tal.

Pues cuesta abajo y sin frenos; y sin mucho más que hacer. Los niños juegan sin saber todavía lo malo que es lo malo y todo lo bueno que les queda por ver.

Yo ya he visto demasiado, o aun me falta mucho por ver, porqué no entiendo de la misa la mitad, ni de esta peli (derroche de clichés) el final.

Un contrapicado, guiño a cámara, me paso la lengua por los labios.

“A mí no me llamaron Indiana, pero nadie me gana a perro.”

Un telón que cae, cuatro nombres sobre un fondo negro. Y un capullo en un Ford Mustang que se pierde en el horizonte.

Bajo una bandera remendada, que hiede a libertad pasada un león rugiente me da las buenas noches. Unas letras se iluminan, suena al piano “Moon river” o la “Marcha Imperial”.

Qué más da, esto se acaba y redobla un “The end” en tu pantalla.



-.En lo que queda de semana no actualizo, que es el final de fiestas y voy de aquí a allá... Mañana a ver al Sabina. Pasado Dios dirá. La foto, una noche más de Antonio Goya,a quien os insisto que veáis como retratista, que es cojonudo: http://www.flickr.com/photos/tonigoya

miércoles, 13 de octubre de 2010

Cierre de fiestas.




Sobrevuelan aviones grises el cielo de tus dudas, revolotean en tu sien, balanceándose, con los talones ligeros y la mirada plomiza.

En el suelo, un mar de plásticos se empeña en separar el cemento de las gotas de rocío. Grava esterilizada, los jóvenes se pasean con vidrios rotos en la mirada.
El aire arrastra olor a Nochevieja, olor a cuero mojado, aroma a nuevas promesas, a proyectos tristes de futuro.

Y el chirriar de un mar de cabezas hace retumbar los tímpanos de los presentes, que miran aquí y allá.

En mí el destino no repara, como el rugir de los amplificadores que lejos de arrastrarme a ese bucle entrópico al que llaman concierto me acaricia tendiéndome la mano y me lleva hasta la barra.

Las farolas se creen sauces, el viento tiene complejo de Louis Armstrong y los retretes hieden a sexo inseguro.

Aun es joven la noche, y se mueve como si no le pesasen los zancos; tu mirada se cruza con la mía o eso querría yo.

Tu frente no sabe qué hacer, tus labios sonríen indulgentes. Y tus manos, qué decir de tus manos.

Mejor no decir nada, disfrutar del silencio que emitimos.

Ese mismo que se ahoga en las jarras de cerveza, que a falta de alma propia nos provocan, intentando sorber la nuestra.

En tu nuca se clavan las miradas de varios filibusteros de ojos cansados. Piratas de agua dulce, ahogados en whisky con naranja. Hay demasiados bucaneros preparándose para saltar al abordaje.

Demasiados tipos que quieren apagar un volcán en tus entrañas, en esta barra, en este mundo, debajo de mi piel.

Y pienso en ir a tu rescate, en ofrecerte fuego, a ver si te animas y saltas de la sartén.

Pero qué cabo iba a lanzarte si en esta chalupa de velas harapientas solo tenemos cuerdas para echarnos al cuello. Podría tenderte la mano, pero lo mismo me agarrabas el brazo y yo te agarraba a ti y decidía no soltarte.

Así que prefiero que te ahogues. Que te jodan, que cantan ahora los Obús, pese a que yo solo oiga la guitarra de Mark Knopfler y la voz de Dylan diciendo aquello de que lento, se acerca un tren.

Tal vez el mío, lo anuncian en la estación; un “Aviso a navegantes” que el griterío enmudece.

La noche se acaba ¿Y qué nos queda?

El viento silba y si no da igual. Yo me noto perdido en un trigal mecido por el cierzo.

Ya nos hemos separado y la noche no es tan joven y vuelve descalza a casa, con los talones maltrechos y los dedos cansados de tanto cruzarse.

Y yo que solo quería marcharme con tu pena, me meto las manos en los bolsillos y tarareo, con la mala estrella a cuestas y un aviso de bomba zumbándome en la oreja.
Los labios me saben a lona y de los ojos me cuelga un lucero.

Soy una noche más viejo.





-.Qué estamos de fiestas y a mí tanta gente, tanto alcohol y tanto ruido me hincha bastante las narices. La foto de un paisano Antonio Goya, un virtuoso de la Nikon. Como retratista vale su peso en oro, muy velazquiano. http://www.flickr.com/photos/tonigoya

viernes, 8 de octubre de 2010

Toque a degüello.




A falta de gaviotas, los suspiros encapotaban el cielo aquella noche.

Un zumbido de escepticismo arreciaba en sus oídos, la duda asomaba por sus ojillos pardos y un sus bolsillos aquellos dedos pequeños y dulces se entrecruzaban, sudorosos, buscando el abrazo de un igual.

Mientras, en las calles soplaba Cierzo, los vagabundos pegaban sus espaldas maltrechas contra los portales y echándose el aliento de polvo y tintorro contra las manos maldecían.

Y tú, qué harías en aquellos instantes. Qué más da. Los coches rugían. Los transeúntes intentaban librarse de sus cruces, haciendo que la Gran Vía rezumase a Gólgota contenido. Los grillos afinaban para su serenata de cada noche; como los jóvenes en sus casas, estirando sus piernas y mirándose al espejo.

El traqueteo de unas vías perdidas decía a todo esto que no y huyendo en zigzag se perdía lejos del mundanal ruido.

A mí me visitaba la suerte, tal y como acostumbra: pasando de largo y saludando con esa lengua suya de gato.

Esa que las mujeres de frente estrecha y labios tirantes me enseñan cuando les puede la condescendencia y se sienten obligadas a enseñarme algo.
Una lengua garduña, que lo único que gusta de relamer es un buen par de garras; al acecho. Con el cebo en diestra y el arpón del desengaño en la siniestra.

Un caleidoscopio de luces y sombras teñía el gris anaranjado de las calles, regando los pasos de cebra y los vidrios rotos. Los niños lejos de todo aquello, se dedicaban a soñar con formas obtusas que con el paso del tiempo irían cogiendo sabor y consistencia de cuerpo de mujer.

Así lucía la ciudad, que se dejaba mirar.

Y yo lo hacía, desde las alturas, sin miedo a dejarme caer. Notaba el sedal de mi vida correrme entre los dedos y perderse en aquel mar de sueños de infante que se esparcía bajo mis pies.

Un mar revuelto, que retumbaba alterado por el silencio trágico del romper de los promesas contra el malecón. Ni siquiera ese sonido, de agua estancada batida conseguía despertar a mi teléfono del tenue duermevela en el que parecía sumido. Ahí estaba, el muy cabrón, sin mover ni una ceja, callando y otorgando a aquella pose fingida el estatus de mueca.

No hubo más, tampoco hizo falta, nos quedamos mirando, él desde la mesita de la entrada encogía los hombros con malicia, yo como otras tantas veces no sabía que decir. Tal vez un “joder” hubiera sido lo más oportuno pero a mí nunca me ha gustado dármelas de oportunista.

Siempre he preferido ser un visitante inoportuno.

Un animal nocturno.

O un poeta, de esos que se plantan cara a cara a la soledad, le miran con los ojos ahogados en alcohol y se ven reflejados.

Alguna blasfemia a ritmo de blues. Una zarandaja, envuelta en sábanas frías y se acabó la noche.

Como acabó mi espera; que dejándome solo en la cama se zambulló en el vestidor, para salir disfrazada de decepción. De madrugada. De desamor.





-.La foto de : http://www.flickr.com/photos/juanesoc/ Y yo pendiente de mil asuntos y negocios, me jode y re-jode tener esto tan desatendido.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Percherón de bolsillo








Giraba aquel poni, con la vista clavada en el suelo, resoplando con fuerza, sus patas se doblaban y sus costillas parecían siempre a punto de reventar.

Las patadas que su pequeño jinete le calzaba no parecían importunarle, pero en sus ojos muertos se podía ver el dolor, el peso de tanto viaje a ninguna parte. De tanto recuerdo aun por cicatrizar.

Así me miro a mí y yo me deje llevar; perdiéndome en la riada del mí; del pasado, del mejor.

Un viaje sin escalas a un hogar lejano, de suelo arenoso, calor sofocante y monos escondidos en los altillos; de días de circo y otros tantos de feria. De caballos enanos que de tanto girar alrededor de una rueda conseguían escapar a donde mi imaginación les llevara, espoleándolos con un silbido de sueños de pequeño cowboy.

Un vaquero rudo, de andares turbios y ojos grises, de esos que cortan la mayonesa con solo mirarla. Así giraba yo, giraba hasta que una mano, tendida desde más allá del abismo me obligaba a volver; a mí, al revolver más rápido del O.K. Corral, al más preciso de todos los sables que Dumas se atrevió a imaginar, al más feroz de los tigres de Mompracem, al más irreductible de todos los galos…

Me arrancaban de ese mundo, como arrancaba yo (en acto de venganza inconsciente) las margaritas para deshojarlas. Sin malicia, sin sentir la necesidad de someterlas a mis preguntas indiscretas, con ingenuidad les quitaba uno a uno sus pétalos mientras ellas me miraban pidiendo clemencia, clavando en mí ese ojo amarillo.

Yo que no entendía aquello corría, encaramándome a esas barras de acero multicolor que cubrían el verde de los parques; veloz, huyendo de una lava invisible que pisaba mis talones.

Y desde lo más alto de la más alta torre observaba mi reino, las cuatro esquinas de aquel parque, bosques para mí, selvas que habitaban criaturas mágicas, perros de tres cabezas con antifaz y algún que otro halcón; senderos sinuosos que recorría a lomos de mi corcel, en el asiento de mi Ford o en la cabina de mi nave espacial.

De vuelta a casa, me sentaba en la cama y sujetando entre mis manos embarradas una ajada espada de cartón pensaba en todos mis enemigos, en aquellos cuatreros, soldados, dragones o hienas que aprovechándose de mi imaginación se aparecían frente a mí, con esa chulería de matón de barrio que los malos de los tebeos llevan al extremo.

Pero yo que les iba a temer. Yo era un héroe: incorruptible, valiente, intrépido e invencible. Como mi montura, aquel pobre animal, que un gitano maltrataba y al que llamaban con sorna “Pitufo”

Un día olvide como se usaban sus riendas. A la pobre Imaginación le empezaron a pesar los años y dijo que ya no estaba para alardes.

Los ponis siguieron viniendo, girando como locos; siempre al lado de aquella churrería. Pero yo no tenía ya ojos para ellos, poco quedaba de aquel joven caballero, que a capa y espada quería salvaguardar su honor y el de todos los hombres justos e indefensos.

Yo ya era un villano, parte más de aquellos sueños de infancia.

Y aunque no hemos vuelto a cruzar palabra, ni a cargar encorajinados contra un dragón cada vez que me ve, Pitufo sacude la cabeza, escupe un soplido y con el redoble cínico de sus cascos me suelta un “¡Ay Manolete! Quién te ha visto y quién te ve…”

Puto caballo enano, se merecería vida de semental.




Nota del autor: La foto es de una estatua de Botero en Medellín, Colombia; la foto es de un muchacho de la zona que tiene a bien decir que: "Los caballos de Botero se sienten más libres cuando miran al cielo". http://www.flickr.com/photos/tecnorrante/

domingo, 19 de septiembre de 2010

Banderas rotas







Hoy el Cierzo, al despertar se ha llevado la lengua a los labios y ha soplado; como todas las mañanas ha sido un suspiro largo, lánguido y calmado, preludio del inmisericorde vendaval que día tras día nos prepara.

Sus vientos cazaban voces por las calles, susurros de madrugada, el forcejeo valiente contra las sabanas blancas, algún gemido también. Sonidos que quedaban prendidos del filo de ese soplo; frio y penetrante que como un bumerán ha vuelto a los oídos de su dueño.

Un huracán sin sparring posible; así se ha debido de sentir, porque tras el primer golpe se la ha envainado y silbando ha girado sobre sus talones (testigos presenciales aseguran que cabizbajo) con las manos en los bolsillos y una lagrimilla colgando.

“Que ya no hay voces que valga la pena esparcir” se ha justificado cuando le ha preguntado el Meteosat.

Y algo así han debido murmurar las lagartijas, que curiosas, se han asomado por las grietas como buscando a un antiguo compañero, a alguien con quien compartir un descanso apoyados en aquellas piedras con musgo que tanto saben apreciar los animales de sangre fría.

El Sol presenciaba los hechos, incrédulo; quién le iba a decirle a él que en pleno septiembre iba a germinar la semilla tardía de la primavera…

Nada de escepticismo, todo lo contrario, con dulzura dirigía hacia nosotros sus rayos; calentando el verde tenue que da color al oasis gris de vida cimentada que tenemos por hogar. Y joder si lo ha hecho bien.

Por un día olía a verde; aunque claro, puede que no sea cosa del Sol, a lo mejor era el río; que hoy parecía emperrado en no volver la vista atrás.

Se dedicaba a discurrir, arrastrando olor a chopo y noguera; olor a vida, a aventura, todas ellas pasadas.

Tenía los ojos vidriosos, sus afluentes le abrazaban y la gente caminaba. Muchos absortos, pensando en el inminente invierno; otros parecían darse cuenta de que hoy nuestra tierra se disfrazaba de Libertad.

Obviando banderas, con fingida entereza, a lo mejor le ha faltado naturalidad… no sabía que hacer este viejo secarral.

Hay que entenderle, (gracias a Dios) no todos los días muere un poeta.





PD: La foto es de un meandro que hace el Ebro con chulería (como mirando al tendido el muy hijoputa...) a la altura Alfocea, la foto es de David Martín Castán (http://www.flickr.com/photos/tucucumba), un paisano. Por favor, no se me tenga en cuenta este sentimiento aragonés del que hoy hago gala; me lo pide el alma.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Mausoleo de bolsillo





La huelga estaba siendo un éxito en aquel vergel venido a menos, aplastado por el peso del mármol enmohecido y el granito tallado, no quedaba ni un segundero dispuesto a volver a ser explotado.

Todos callaban, otorgando una paz velada, consternada, de mentiras pasadas; de esas que los relojes de pulsera tan bien conocen. De eso escriben en sus tardes de soledad.

Como aquella, plomiza, en la que el Sol brillaba por su ausencia; las lagrimas de pesar salpicaban por doquier esas callejuelas empinadas. Aquella tarde las endebles manecillas de todos aquellos relojes, con sus cuerpos de plástico, acero, oro o titanio nacarado, temblaban, aguantando al unísono la respiración.

Decían esas malas lenguas de trapo que no les necesitaban y ellos discrepaban, paseándose ante sus narices con su chulería torera, esa que gallardos exhiben quienes se creen ineludibles, esa con la que muerte y amor miran a sus presas.

Un tic tac enmudecido hacía retumbar el pavimento, los paseantes inquietos miraban atónitos la huelga golpeando a aquellos explotadores sublevados con la uña, intentando dar con algún esquirol.

Olía a tierra mojada, a hormiga húmeda y a tiempo parado. Y las prisas decidieron esfumarse. No les gustaba aquella colina, despertaba en sus entrañas de sentimiento presuroso un tenue latir de culpa. Y claro, siendo las prisas ese culo de mal asiento que son no iban a quedarse quietas con el regusto amargo del arrepentimiento asomándoles por el gaznate.

Ese paréntesis de calma no perturbaba el ser de aquel rincón de la ciudad. Aquella costra en la memoria del hombre, aquel paramo yermo regado de sonrisas melancólicas y rosas, alguna azucena y sobre todo el latir contenido de todos aquellos relojes.

De entre los nichos escapó un estertor, lo que en vida hubiera sido una risa, sin nervio, tranquila, una mueca de aquel que ya no tiene nada que esperar y puede entregarse a la desidia del descanso; los relojes se percataron.

Ellos que tenían a todos los hombres postrados, encadenados y cumpliendo la condena del vivir a ritmo de tambor de galera, nada tenían que hacer con esos cuerpos, de carne mórbida. Pasto de gusanos, que también hacían oídos sordos al tic-tac de sus entrañas; en aquel lugar nadie temía el sonido de lo inevitable pues nada quedaba por evitar.

Frustrados y acobardados los relojes se limitaron a correr un hueco en sus cadenas, a apretarse con fuerza a las muñecas de sus esclavos. Habían fracasado y cabreados retomaron a coro ese pulso maldito, ese aviso de bomba, ese que todos los presentes conocían, que algunos aun temían y que otros disfrutaban pues a sus oídos podridos de silencio ya se les había olvidado el taladrar de aquel redoble.

Un tic-tac que languideció a las puertas de la muerte. Como languidece el corazón.




PS. La foto es de una muchacha que deduzco carbayona, llevaba pensado poner otra, también suya, una cripta de su tierra que la chica había captado con aire hicthcockiano. No todo son muertos, la verdad es que lo que más me llama la atención de su galería son las fotos que le saca a varios bichejos, calmados, dulces, a lo mejor dejándose un poco en evidencia. A quien le interese echar un ojo: http://www.flickr.com/photos/shavy La foto titula: "Requiescat in pace"

sábado, 28 de agosto de 2010

Crujen los nudillos






Eran unas manos nudosas, arrugadas, llenas de surcos y callos, marcadas a fuego por el roce de todo lo que habían tocado. De vez en cuando se mostraban altaneras, recordaban los besos y caricias que les habían dado entre los dedos y se ruborizaban, les temblaban los nudillos y se cerraban sobre sí mismas, para que nadie viese como les brillaban las uñas.

Eran las manos de un cazador.

No de esos que se limitan a capar sus manos, degradándolas a un gancho y soporte con el que disparar un fusil o con el que esgrimir un cuchillo. No.

Aquel era un cazador distinto, él se dedicaba a seguir sonidos, pisadas de neumático sobre la acera; acechaba por los callejones persiguiendo el aroma del fracaso, o del amor, o del miedo, o de la muerte.

En la mirada se le intuía cierta determinación suicida; nunca daba una presa por perdida, todas tenían algo que ofrecerle, tal vez un susurro, una media verdad bien contada, un insulto a veces, otras una confesión.

Para eso usaba aquellas manos altivas y tímidas, esas manos que lucharon, que se alzaron en lo alto con un grito de justicia eran el arma de su expresión.

Aquel tipejo, de mirada sucia y gris cazaba vidas, las colgaba bocabajo y las dejaba secar; chorreaban tinta. Sus manos entonces iban y venían disparadas, perpetrando un baile que rozaba lo sexual. Encorajinadas se hundían en el vientre blando de aquel amante al que visitaban todas las noches.

Contra las teclas, a forma de yunque, los diez dedos de aquellas manos esculpían, en total sincronía daban forma y sentido al amasijo de acero al rojo que es el existir de los hombres. El cazador las miraba, orgulloso de sus pequeñas.

Luego se levantaba y con esas armas descorría los visillos de las ventanas, al acecho de nuevas vidas; vidas que saciaran a aquel cazador de hambre voraz, de sadismo elaborado, de pulso de cirujano y puntería de francotirador. Un trampero con alma de artista. Un escritor.




. La foto es de la misma muchacha que la de la entrada anterior. Sigo diciendo que me parece una artistaza increíble y que merece la pena perderse por entre sus fotos.
Nos vemos cuando acaben las recuperaciones. Un saludo de aquí el tahúr.

jueves, 26 de agosto de 2010

De hígados, cadenas y senderos.






Un “sal de ahí Lázaro” retumbó aquella tarde en ese sepulcro inmundo, el aroma a hastío se colaba por las rendijas de la piedra viva, moscardones y gusanos le rondaban y el pobre Lázaro no sabía dónde meterse. “Que me dejes en paz” quiso gritar. Pero le habían privado de voz y libertad.

“Levántate y camina” le ordenó aquel nazareno; Lázaro le miró con incredulidad, con la misma incredulidad con la que el gentío les observaba. Pero anduvo, echó a caminar sin mirar atrás, echándose a la espalda la pesada cruz de la inmortalidad dejó Betania y se perdió en dirección al desierto.

“Levántate y camina” una orden sencilla que se convirtió en su sino, pues Lázaro caminó, hasta que el pellejo de los pies se le convirtió en cuero. Hasta que sus ojos hartos de ver el mundo cambiar dejaron de esforzarse en mirar, pero Lázaro caminó aun más.

Hasta que un día no muy lejos de la misma Roma en cuyas catacumbas se contaba su historia fue a dar con los huesos en el suelo; un carro le pasó por encima, cosas que pasan… Y Lázaro se relamió, soltó un suspiró largo y se dejo morir.

“Levántate y camina” le ordeno un centurión, guardia civil de la época, ofreciéndole la mano mientras le comunicaba que las carreteras del imperio no estaban dispuestas para que la gente de su ralea hiciese el canelo, “si fuese usted el hijo de un cónsul, pues aun…”. Los ojos muertos de Lázaro miraban con un odio visceral al viejo soldado. Fue una mirada corta, duró hasta que los pies de Lázaro volvieron a ponerse en camino.

Y anduvo, y siguió andando; durante muchos años se dedico a vagar de punta a punta del imperio, llegó a las lejanas tierras de la India, donde un tigre de bengala le abrió en canal. Lázaro soltó un “hurra” para sus adentros, pero claro al estar huecos por culpa del susodicho tigre, el “hurra” resonó y resonó.

Un śhramana hindú, que orinaba en un árbol cercano le escuchó, acercándose a él con su paso lento y ceremonioso de sabio fue a apoyar su mano en el hombro del judío muerto. “Levanta y camina, joven” le pidió, con dulzura.

Y Lázaro, agarrándose las entrañas con la mano y empujándolas contra su vientre abierto, hizo caso al anciano, que de haber sabido arameo no le hubiera despedido con aquella complaciente sonrisa.

Los ojos del muerto vieron a los siglos solaparse, como se solapan los amores en los corazones de los hombres, sus pies le llevaban de un lado a otro, colocándole muchas veces en el ojo del huracán. Pereció bajo el acero de los hunos, y de los francos, y de los carolingios, y de los vikingos, y de los musulmanes y de los templarios. El hambre lo mató otras muchas veces, como el frio, la miseria o el cansancio.

Pero siempre se topaba con una mano amiga, con un desconocido que le recordaba cual era su destino, que le devolvía a aquel sendero que le tocaba andar, un sendero interminable.

O eso le parecía.

Un día, de esos que la historia ha visto y narrado tantas veces Lázaro se alejaba con su pasó seguro de una aldea turca. Las llamas la devoraban, los rusos, brindaban a la salud de Nicolás II, bailaban y bebían; los cuerpos calcinados de los otomanos sufrían las risas del ejército imperial, los rostros desencajados susurraban en silencio, envidiando al cadáver que huía de aquel escenario macabro.

“Dieciocho siglos sin probar una puñetera gota de vino” pensó Lázaro, subiendo con paso de mula torda la ladera del Cáucaso.

La montaña rasgaba el cielo y según iba ascendiendo Lázaro notaba caer la noche con más y más fuerza. En la cima, sin detenerse vio a un hombre encadenado.

Sus miradas se cruzaron, los dos agonizaban, sus almas estaban ya más que secas. Se sentían hermanados, Lázaro se tumbó a los pies de aquel gigante, de hombros anchos y gesto amable.

En un momento el pecho de Lázaro se desinfló, el titán dejo de luchar con sus cadenas, ambos murieron con complicidad mientras la noche arreciaba.
Lázaro se entregó a la nada. Se regodeo en el no existir, no tenía nada pero lo era todo, por fin libre.

Un grito le arrastró de vuelta, un “Levanta y camina” seguido de un “pide ayuda” hizo retumbar los cielos. Los dioses reían.

Lázaro abrió una vez más los ojos, escuchó un batir de alas.
Intentó golpear a aquella águila, desatar las ataduras de aquel hombre, pero sus propias cadenas tiraron de él.

Y aun hoy anda errante el pobre Lázaro, se sabe propiedad de un dios, que quiso escarmentarlo, él sabrá por qué.

Perdió hace tiempo el control de sus piernas, el color en los ojos, el peso de su alma, pero dos dedos en su mano derecha aun le obedecen, y él los cruza porque piensa que antes o después dará con la misma entrada del infierno. Y allí nadie tendrá la piedad, o los cojones de decirle una vez más “Levántate y camina”.






P.D.Vuelvo, pero no por mucho tiempo, que uno tiene exámenes; así que disfruten con lentitud de las andanzas de este pobre inmortal, que voy a estar un par de semanas sin poder actualizar.

La foto es de Julieta Pagano, http://www.flickr.com/photos/julietape/ tiene cosas preciosas.

martes, 3 de agosto de 2010

Al respetable:

Estoy de vacaciones, ni creo, ni pienso, ni amo. No estoy para nadie y si lo estuviera sería solo por motivos estrictamente lúdicos.

Paranoias al baño maría. Buen verano.

jueves, 29 de julio de 2010

Perdido en la antesala.






Los relojes se tuercen, retuercen y desenroscan, a sus pies su cabeza cruje, las ideas y los sueños chascan, los ojos giran en sus cuencas, como remoloneando en un baño caliente del que no quieren salir, ve en el futuro una llama, pero el tiempo no se detiene. El tiempo arde, a los pies de varios relojes torcidos de pared.

Y ahí está el, entre los segundos calcinados que caen al suelo al ritmo de un compás de cuatro por negra. Un blues recogido. Agónico.

El ambiente, como el de las ciudades sin ley, de los cuartos sin ventanas, el de los susurros a la espalda. Cargado, húmedo, serpentino. Extraño.

Él llevaba un morral a la espalda. “Que se negaba a arder” solía aclarar cada vez que contaba la historia.

Pues ahí estaba, en aquella habitación, sin tiempo ni luz, sin futuro aparente, pero con calor, con una leve sudada de hielos fundidos con salitre sobre mi espalda.
O su espalda.

Una espalda que se arqueó. Porque se ahogaba en el ambiente de aquella sauna sin hora, ni lugar. Con la vida mustia que le daba sus visitantes, que solo arqueando la espalda atinaban a salir.

Como el que se levanta muy deprisa.

Salieron de ahí. Se separaron, y con los ojos aun vidriosos se acertaron a mirar. El alcohol desdibuja ese lienzo. Ya no recuerdan ese cuadro.

Se dieron la vuelta, se perdieron en las corrientes inmutables de aquel bar.

Murió la noche, con ella la consciencia y al hacerse de día se pasó la lengua por los dientes, le quedaba el sabor a jumar en la boca, el aroma a sudor en la axila y el recuerdo de unos relojes que se retorcían sobre sí mismo.

Se levanto, palpó los vaqueros, que derrotados sobre la mesa parecían sacarle la lengua, muertos de cansancio.

Nada. Nada de interés, una octavilla escrita en una octavilla. Un recordatorio, una llave con letra de borracho.

Tiró la octavilla, se tiró en la cama, miro al techo. No ardía.

domingo, 25 de julio de 2010

"¡Ay Poeta!"









Gato, de andares encorvados, patizambos, desgarbados. Pantera desteñida, era de día.

Animales pardos, en noches oscuras, con los ojos negros y los dientes amarillos:
loros amaestrados, armadillos encogidos, gacelas a la huida, perros lazarillos.

Somos palabrotas en picos ajenos, jadeos cadenciosos en hocicos húmedos, con el rabo entre las piernas y con ojillos tiernos.

Pero sacando colmillo.

Diciendo “Aléjate, o por lo menos, no te acerques por favor.”.

He perdido los barrotes, como una cebra de hojalata sin rayas, como una ballena desvarada.

Y acampo en la ciudad, como las promesas, libre y sin la necesidad de volver.

“¿A dónde?” preguntan los taxistas, antes de girar y virar, y perderse por calles que no conoces, alargando el trayecto innecesariamente.

“A una jaula”, luego a otra, de metal, de sueños, de madera o de inclasificable materia gris.

Cuando el taxímetro pare, como el clic clac de las teclas de una Olivetti cuando se acaban las ideas… corre.

Sin mirar atrás.

Dolor en las alas, abatidas.

Quemaba el asfalto, una de las muchas noches en las que no miré a atrás, una noche sin barrotes.

Una noche para aprender a volar. Cayendo con estilo a los pies de un cazador.

Era como yo, un animal enfadado, le zumbaban los oídos por culpa de una bomba atónita, una de esas cargadas de resignación suicida.

Era presa de un arma, un arma que empuñaba, un arma que me tumbo.

Un marinero lejos del mar, que me apuntaba con su rifle, un arma llena de futuro.





-.La foto es de un juguetito nuevo que me he echado, una Linea 98. Esto es lo primero que escribo con La Bicha (como la he bautizado). Soy un fetichista incurable, os miento si os digo que el traqueteo de las teclas no me excita.

sábado, 24 de julio de 2010

Bandera blanca en el malecón.







Sin pesar, con rabia, con violencia inerte, de esa que mueve sistemas, de esa que delimita senderos, alinea planetas. Con el pulso constante de un viejo rock and roll, apretaba teclas. Pensando en tiempos mejores, en días de vino y rosas y no en las tormentas de granizo y ranas que veía por su ventanal. Escupió a la pantalla. No tenía nada que decir.

“¿A que saben los besos que nunca probé?”, preguntaba al desmenuzado teclado que en silencio le respondía, arqueando sus tildes y encogiendo las mayúsculas: “A lo mismo que todos los demás.”.

Se repetía la historia, como se repite la morcilla, que también está hecha de sangre seca.

Como la que tomaba el sol bajo su bigote. Como la que el cepillo de dientes se llevaba todas las noches de sus encías. Como la que se había lamido de todas sus heridas, esas que la vida, con sus mentiras afiladas y sus jugarretas contundentes le había ido brindando.

Una pierna rota por una metáfora que no había sabido entender, un corazón partido, por la ironía. “Riesgos de jugar a esto sin valerse del humor como escudo” le comentó al teclado.

El seguía a lo suyo, llevaba tan bien como podía lo de que le metieran el dedo en la yaga. “Si”, le quería contestar, pero no supo, tan solo acertaba a interpretar los golpes que recibía, sin pararse a dar réplica. Formaba palabras, palabras vacías. Efímeras. De esas que un mal Alt+F4 pueden borrar.

Y si no acababan los unos y ceros con ellas, sería el fuego, ese que acaba con todo. Ese que tiempo atrás aquel mismo teclado había visto en las pupilas marrones del escritor. Una llama que se había tornado en chispa, una chispa que se había quedado en gas. Un gas que no tenía ya fuelle.

Eso le quedaba. El anhelo esbafado de lo que había sido un sueño.
Claudicar.

“Resignarse…”. Escribió. El teclado rebosaba escepticismo, pese a todo, se sentía hundido, el fracaso de esos dedos, de esa mente, de ese corazón, era su fracaso.
Una carta de rendición. Poco le quedaba por hacer, aceptar la voluntad de aquel que escribía sus páginas. Cerrase sobre sí mismo y permanecer a la espera de que lo volvieran a necesitar.

Un destino amargo, como suelen ser los destinos. “Si son dulces los llaman recompensas.” Esclarecía el escritor, ante el ánimo aplastado de su compañero de fatigas.

Muchas noches en vela, desafiando a un lienzo, al vacio, a eso que tantos hombres temen, y que con su complicidad algunas maquinas ayudan a vencer. “Esto no acaba aquí.” Se dijo el teclado para sus circuitos.

Cruzo los cables y se encomendó a su antivirus. La pantalla vehemente, acudió en su ayuda.

Un “¿Estás seguro?” apareció en el fichero de Word, ante la mirada atónita del escritor.

“Si.” Tecleo aquel hombre, un joven ya viejo, con más miedo que alma.

“Fue bonito.” Brotó de la nada, agradeciendo su labor al literato.

“Siempre lo es, por eso lo hicimos.”

“¿No te queda nada?” le pregunto el teclado, aferrándose a cualquier posibilidad, por ínfima que fuese.

“Son todo trucos muy vistos, nada digno de repiquetearte.” Tecleó el caballero, con el gesto torcido, como intentando evitar que las entrañas se le salieran por la boca.

“¿Y esos roces que tuvimos?, ¿Esas caricias que no llegaron a nada? Tantas veces paseaste por mis teclas tus yemas para al final callarte…” dijo el teclado, usando su Times New Roman mas dolida y temblorosa.

“No tenía nada que decir… Como hoy, solo me queda un gracias, darle al “guardar como” y todo habrá acabado.” Respondió el escritor, con una forzada condescendencia.

“Pues adelante, yo no soy quien ha de aceptar tu rendición” Susurró en Arial Cursiva, como quien encorajinado pide a su verdugo que se dé prisa en liquidarle.

“-.Gracias…”

Y se apagó en su silla, tranquilo, con seriedad. El escáner bostezo un haz de luz. Ya era de día.

martes, 20 de julio de 2010

Pólvora mojada.



Nos ahogamos en los mismos sueños.

Naufragamos en los mismos charcos.

Nos cortamos con el mismo papel.

Las manos manchadas con la misma tinta.

Las mismas arrugas en nuestras páginas.

Debimos encontrar la misma rueca.

O una cruz parecida, o unos barrotes similares, o un bozal igual al que le pusieron al otro. Y así estamos ahora.

Dormidos, camino al Gólgota, a la sombra, con los dientes apretados y la suela de los zapatos roída.

¿Y qué esperas?

Que el viento borre nuestro camino, se llevará volando este atolón de arena fina, esta hilera de promesas rotas, un futuro que se reescribe con cada palabra.

Palabras como : “Puñetas.” ,”Trajín.”, “Miedo.” ,”Cortaúñas.”, ”Espuma.”

Palabras de doble sentido y laxa moral. Como tu vida, como la mía, como lo que pudo ser.

Como lo que será; (punto y coma, pero también dos puntos a la vez) un chiste grotesco y sin gracia.

Yo.





-.Foto de Adriana Tudela (a mi me parece cojonuda,la chica y la foto, vaya),vale la pena echarle un ojo a las obras de arte que tiene colgadas en la red de redes: http://www.tuenti.com/#m=Profile&func=index&user_id=67442775

miércoles, 14 de julio de 2010

Rapsoda insomne.




Me enerva la cadencia arrítmica de los silencios.

Las miradas muertas, que esgrimidas como dagas, nos sirven de escudo. Puñales, que lanzamos por encima de nuestros hombros.

Con el total disimulo del descaro. No sé ni cómo miro. Ni como coño me miran, pero me siento observado. Estoy bajo el mazo moral de una divinidad menor, de esas que bailan en los trigales, de ética intachable. Es él quien juzga mis actos.

“Siéntate y pedalea”, nada más que decir.

Me enervan tantas cosas:

Que las farolas se coman las estrellas, que, a bocados chiquititos, las hagan desaparecer.

Que a oscuras mire al suelo y no queden lagartijas.

Que la gente no salga corriendo a la calle, descalza, a sentir lo que se siente de noche bajo el cielo, cuando el cielo ya no está.

Que andando no choque mi hombro con el de algún peatón al que querría conocer. Cruce amargo de miradas, que se quedaría en nada…

Que ni siquiera pueda regalar miradas furtivas a mujeres de esas que me obvian o me repudian o en el mejor de los casos me sacan la lengua desde lejos.

Me enerva intentar explicarle algo a la luna, que hoy brilla por su ausencia.

Me irrita ser un triste vilano que no puede permitirse el lujo de ser malo.

Un títere en manos poco duchas, un avatar de mi mismo. Desgastado, con las aristas limadas. Con los dientes mellados. Pero cuidado, que aun tengo mordida.

Y veneno. Un veneno que también me enerva, que no controlo. Un veneno que sabe a bochorno y soledad, a aforismo gastado, al calor de la nostalgia.

A las malas obras de un pasado, que se olvida, porque mi historia avanza, hay cada día una nueva noche, en la que en la soledad de mi alfeizar, me sigo sintiendo irritado por todas esas noches que se pierden al otro lado de la ventana.

Ya sabes. La luna de las noches no es la luna. Las noches sin luna, son noches en vela.

.

La foto, de Claudia Ibarzo, fotógrafa, blogger y jotera. Titula: "Valla" y me recuerda un chiste malísimo. El del hombre entre las dos vallas.

miércoles, 7 de julio de 2010

El tahúr no juega limpio.

Me preguntan por el título del Blog, o no, no lo hacen, pero es bueno a veces explicar el porqué de las cosas.

Así que me dejo de poemas, de cuentecillos y de coñas. Un alto el fuego en toda regla, para explicar una metáfora de forajidos y revólveres.





“¿Por qué ruleta?”

Porque hay tahúres que nos malacostumbramos, a perder haciendo trampas, a jugarnos una mala mano, a pensar que solo hay una bala en el tambor.

Cosas de creerse más listo que la Suerte, que la tientas para que caiga en tu trampa, nos exponemos como cebo, que más nos dará. Tampoco perdemos nada.

Ella nunca nos sonrió, enjaulada es como estas más guapa, no me gruñas desde detrás de los barrotes coño, no fuerces los grilletes, gime, bien, que yo no te suelto.

Eso, recuérdame el cinismo que hay en autodenominarse tahúr, lo hijoputa que me pongo cuando me vanaglorio de todas las jugarretas que te he hecho.

Que te jodan.

“¿Por qué rusa?”

Porque el precio de este juego es tu pellejo, no te olvides, no te excuses, esto se acaba, un día cuando el verso arrecié, se acercará taciturna a ti, acariciará melosa tu piel muerta, tus costras, tus uñas cortadas, tu pelo caído, las legañas secas que te habías quitado al despertar.

Y te mirará, como se mira la carne poco hecha, a las tostadas quemadas. Sin saber por donde cogerte extenderá el brazo y te palpará la cara.

¿Qué se espera encontrar? Deshechos en la comisura de los labios, pelotillas en la nariz, ecos de otras eras en los oídos, la mirada del que espera en los ojos.

Tampoco habrá más, buscara algo que os una, y encontrará un corazón latiendo lento, perezoso. Como el suyo.

El tiempo se parará, pero aun tiritarán azules los astros a lo lejos, aun se forjará la historia muerto a muerto, se olvidarán amores, se recordarán osos blancos, los relojes marcarán la hora, algunos la buena, otros la suya propia.

Se irá el estéreo, después el mono, te quedaras sordo, el calor te dejará, detrás de él la luz, y ahí permanecerás, aislado. En estado de llanto quebrado, con agua caliente cayéndote por los hombros.

Te morirás, como me pasará a mí, habrá un punto final, después de todos los puntos y seguido, y los paréntesis y los puntos y aparte.

Aun estas tiempo de hacer borrón y cuenta nueva, arranca todas las páginas que quieras. Te quedan las que te quedan.

“¿Por qué a seis balas?”

Balas…porque debo de ser un inconsciente, un ingenuo o simplemente imbécil. Pero aun tengo la esperanza de que mi merecida mala suerte desaparezca, de que las balas se desvíen por arte de magia. Difícil. El arma la empuño yo y disparo a quemarropa.

El mundo se cambia a tiros, se usen balas de plomo o de tinta. “¿Quieres cambiar el mundo capullo? Pues cámbiate primero a ti”.

Por eso me estoy apuntando, soy mi primera Bastilla. Caerán otras, torres más altas, palacios de invierno… para esos me guardo las otras cinco.

Como Clint Eastwood planteó en una situación no muy distinta a esta:

"El mundo se divide en dos categorías: los que tienen el revólver cargado y los que cavan. Yo tengo pistola, así que tú cavas".

jueves, 1 de julio de 2010

A Pablo Guerrero



Hay días que el Sol, harto del mundo como está, pasa por encima de nosotros de puntillas, sin hacer ruido, escondidito detrás de las nubes.

Esos días se le hacen largos y perezosos y hay momentos en los que asoma la frente por encima de su escondite, no vaya a ser que se pierda algo interesante.

“Tiene que llover…” Piensa el Sol, hablándolo consigo mismo en silencio.

“Pero tú y yo sabemos que hoy no lloverá. Tampoco serviría de nada” Le ríe la nube.

Pero el sol no le contesta, agacha la cabeza y sigue andando, se pasea por su húmeda trinchera, su suave trinchera, su inaccesible trinchera.

Hecha de lo mismo de lo que forramos nuestros cráneos y paradójicamente lo que le parapeta de nuestras miradas.

De nuestros anhelos. De nosotros mismos.

“Tiene que llover… a cantaros” Comenta el Sol, sentado en la cuneta del sendero que se pule de sí a sí todos los días.

Y la nube le mira, condescendiente, comprensiva, y se abre de piernas, le da ese capricho al Sol.

De eso están hechas nubes.

De bálsamo para días duros. De sueños que nos cobijan cuando nuestro andar se trunca. De lluvia contenida, que aun esta por caer.

De eso estamos hechos.


"Es el amor del agua cuando quiere
salvar la sed del hombre
y deshoja su aroma
en los campos blanqueados
por la flor del espino.

Es el amor del agua, la memoria
que hace vivos los cuerpos,
que hace vivas las nubes,
que hace vivas las selvas."


(Esta vez no sé de quien es la foto, "Atardecer en Camboya" titula)

Las águilas no cazan moscas.




Me ladran los charcos, que se creen perros, con el aroma a mojado y el lomo manchado de pisotones de quienes por ellos no velan.

Yo les bufo, y erizo los pelos del cogote, pero tampoco sirve para nada, porque no soy un gato, por mucho que vaya y venga, por mucho que mire curioso y ladee la cabeza, por mucho que me lama las heridas, por mucho que saque las garras y acorrale a alguna rata de vez en cuando.

Me ladran los coches, que se creen lobos, corriendo salvajes en manada, deteniéndose bajo lunas coloridas a las que aúllan.

Yo paso volando delante de ellos, intentando evitar su dentellada de acero, pero no sirve de nada, porque no soy un cuervo, aunque a menudo gruña, aunque juntándote conmigo aspires a quedarte tuerto, aunque mi cabeza se pierda entre nubes algunos jueves sueltos. Yo no como carroña.

Aunque todo llegará, porque me ladran unos muchachos, que se creen hienas, que rodean a un pobre-joven antílope, que vacía sobre sus garras las propias entrañas.

Yo de dos saltos me pierdo, que aun no quiero ser carroña, pero no sirve de nada, porque yo no soy una gacela, pero admito que a menudo brinco en manada, admito que si me encelan suelto un par de buenas cornadas, admito que me siento presa a menudo y sobre todo admito que antes de dejarme los cuernos en lucha perdida, yo, más prudente que valiente, emprendo retirada.


Vivo en una jungla. Soy un mal bicho.


No paso de ser un Ecce Homo con ascendencia de Neanderthal.




* La foto es de Silvia Duarte, estudiante de artes, si vives en Zaragoza raro que no la conozcas y quieras... Estupenda chica y maravillosa fotógrafa.

lunes, 21 de junio de 2010

Nacido el 28 de Abril.




Somos frutos de orgasmos bien encauzados,
de risas que se supieron provocar,
de miradas furtivas que se dejaron cazar,
de heridas que pudieron sanar,
de mentiras destapadas que se quisieron perdonar,
somos hijos de hombres,
que nacieron del vientre de mujeres,
que amaron (o no) a otros hombres a los que tal vez no podamos conocer.

Venas castizas de híbrida mezcolanza, un combinado de RH´s sin sombrilla ni limón, ni menta ni naranja que bombea nuestro corazón (desvencijado, como las puertas viejas, como las sillas a las que han hecho cabalgar, como los sueños de infante, que a día de hoy, no podremos realizar.), con fuerza, como se debe bombear, con la fuerza con la que los nuestros nos hermanaron con la historia, con la patria, con el amor.
Somos frutos de hechos lejanos, hijos de un pasado mítico, de Polifemos que se quedaron sin cena y Penelopes pacientes, herederos de reinos que cubrían todo lo que vemos, hermanos otro tiempo de a quien ahora odiamos. Pero maduramos, el humo que nuestro tiempo nos escupe nos quita el verde de la cara y nos tira de la rama.

La patria de un hombre, es el guindo del que nunca debió saltar, la patria de un hombre corre por sus venas, y en ellas hondea (con fuerza, con la fuerza que solo un torrente de vida sabe arrastrar) una bandera cromosómica, bajo la que navegaron piratas fenicios, a la sombra de la cual se agruparon hoplitas espartanos, con la que poetas griegos, y franceses, e ingleses, y andaluces, y gallegos se cubrieron las espaldas.


Esa es toda patria que nos queda, resquicios genéticos de un pasado glorioso, ojos verdes de a saber que gitana, y el mismo remolino que orgulloso lucia en la coronilla un viejo general francés.

Los almendros, lo saben, los olivos aun lo recuerdan.
La patria de un hombre, realmente está en su corazón.

Sabe rico volver.



PD: Deciros que la modelo, una joven francesa afable y simpática, me pide que os informe de que el fotógrafo,todo un maestro de la cámara también francés, tiene por nombre Théo Lebeau, si necesitáis fotos de calidad en Orleans, Théo es vuestro hombre.

domingo, 9 de mayo de 2010

El sudor del suicida.


Corrían cojeando, cojeaban mejor dicho, a resguardarse los mendigos cojos, gorjeaban las pocas palomas que quedaban, y la lluvia, tenue, se ceñía como un vestido vaporoso sobre la nada que quedaba tendida entre edificio y edificio.

Un cuarteto de cuerda, obstinado, pretendía emular la hazaña de los violines del Titanic, silenciando el tac-tac de las gotas con acordes resbaladizos que pretendían sonar a Vivaldi.

No lo conseguían y mientras las gotas suicidas se descolgaban de los techos del infinito, para abrirse la cabeza contra nuestras mundanas aceras yo intentaba contabilizar las bajas que las pobres gotas estaban sufriendo.
Sobre las rejas esquineras se vertía su sangre. Encharcándose el centro de las calles.

Las ancianas se protegían la permanente, las bolsas del Eroski escudaban los pelos de las viejas de los cuerpos de los kamikazes. Los niños les pisoteaban, saltaban eufóricos sobre los cadáveres húmedos que resbalaban por el piso.

Una bici dio con el manillar en el suelo.

Las gotas, reagrupadas, ennegrecían el cielo y lastimosas se lanzaban con fuerza en una última oleada, aun mas desesperada, con las fuerzas que les regalaba el deseo de cambio, sus ganas de revolución, su certeza absoluta de que en las calles cercanas al rio estaba el siguiente paso en su vida, el camino más directo hacia el mar pasaba por romperse la crisma.

O eso me explicaron las pobres que chocaron con mi frente y que poco a poco desaparecieron, algunas cayeron en la comisura de los labios a otras se las llevo la palma de mi mano.

Los charcos susurraban, parafraseando a Wilde, que en aquellas tardes de tormenta su vida fluía rápida y descarnada para después estancarse durante meses.

“¿Vale la pena el salto? ¿De que te sirve si acabas al pie de un badén esperando que el sol te evaporice?” Pregunte a la pila de suicidas abatidos más cercana, sonriendo, regodeándome en la determinación de esas aguas bravas.

El charco se limitó a reflejar mi propia sonrisa.

Vivo esperando una tarde de tormenta en la que vea clara la equis, el punto al que lanzarme, como buitre hambriento a pila de carroña.

Mientras me conformo con observar las estúpidas heroicidades y las astutas canalladas de un montón de suicidas sudorosos, de manos resbaladizas, que tienen bien claro el objetivo de su salto HALO.





-.Cabría señalar que la foto es de Don Alvaro Coomonte Túnez,gran joven, genial delegado y como queda claro solvente fotógrafo.

miércoles, 28 de abril de 2010

A la sombra del farol.

Hablaban distendidas la farola y su sombra. Ella se quejaba, la farola atónita se justificaba, intentando que su colega bajase el tono.

La sombra se sentía sola, encerrada en aquel oasis de luz, lejos de las zonas en penumbra donde sus iguales se fundían. Se arrejuntaban. Se daban al placer de ser sombra.

Aquellos callejones hedían a sexo lóbrego, a la pobre sombra de la farola se le ponían los dientes largos, patética sollozaba vete-a-la-mierdas a su acompañante de metal, que la miraba con más pena que odio. Le guiñó el ojo y por un momento abrazo a los suyos.

Abrió el parpado. Sus barrotes anaranjados volvieron a cercarla. Blasfemó desde su condición de blasfema criatura. Los suyos se diluían, el naranja de su cárcel se tornaba en gris cemento, con tintes de amanecer la pequeña sombra rogó un “suéltame” por última vez.

La farola tosió una última bocanada de luz, y se apago, libero a la sombra que en esos momentos ya no era sombra, era alborada.

Una alborada que había sido sombra, que había soñado con acabar con esa luz naranja.
Falsa, vomitiva. Que no muestra ni la melancolía de las estrellas, ni la arrogancia de la Luna, ni magnificencia del sol, es solo eso, una puta farola, un trozo de frio metal donde los canes mean.

Un instrumento del ayuntamiento para salvaguardar a sus votantes cuando vuelven a casa una vez de noche.

Yo sé que no he creado esa farola, yo no crearía esa luz. Francamente, no tengo ni puta idea de lo que crearía.

Dudo mucho que un mundo mejor.

Son ya dieciocho años de vida y en estos momentos en los que la noche obliga, toca hacer recuento. Me quedan demasiadas cosas que contar, demasiadas cosas que ni siquiera sé si son ciertas, tengo una agri-amarga bocanada de bilis fresca en la garganta. Estaría orgulloso de poder decir que estoy orgulloso de la vida que he llevado.

Mentiría.

Hoy he cumplido dieciocho años. Hoy soy tan yo como ayer y a lo mejor, en el peor de los casos, un poco menos yo de lo que seré mañana.

lunes, 26 de abril de 2010

Tras dos milenios, tocaría correción.

Bienaventurados los que roban y no son descubiertos, pues ellos se cubrirán de riquezas

Bienaventurados, los que se aprovechan del débil, pues su fuerza jamás será puesta en duda.

Bienaventurados los que esconden rápido la mano tras tirar la primera piedra, pues estarán libres de acusación.

Bienaventurados los cobardes, pues no correrán jamás riesgo alguno.

Bienaventurados los que no saben amar, pues no tendrán que sufrir el querer.

Bienaventurados, los conformistas, aquellos sin sed de conocimientos, pues nada habrán de buscar para ser felices.

Bienaventurados los pobres de alma, pues rica es su cuenta bancaria, y jamás pasaran hambre.

Bienaventurado aquel que ha perdido toda esperanza, bendito sea, aquel que acepta la buenaventura de ser hombre hoy día, todo aquel que sabe que el valor de lo escrito nada puede, pues somos ratas insignificantes, y qué coño….
Bienaventuradas las pútridas e insignificantes ratas, pues ni el más hambriento de los gatos posara en ellas su mirada.

Desagraciado aquel que contempla las estrellas, que aun cree en el valor de un sueño, pobre de ese iluso que dice que su voluntad, su libertad y el amor que siente pueden mover montañas.

Si hubiese algo más, no bendeciría a quienes rehúsan de ello, a no ser que de verdad, os considerase almas benditas, colmadas de felicidad e ignorancia…

Ha sido una semana de mierda, preludio de las tres restantes de lo que se presenta como un mes de mierda. Me parece que va a tocar actualizar poco...

domingo, 18 de abril de 2010

El plié de la mariposa

Reía, sin malicia, sin tonos confusos ocultos en su timbre diáfano. Y mientras el mundo seguía a lo suyo ella volaba, tranquila, como solo alguien que se mueve con esa gracia, rozando el aire con los talones, puede moverse.

El polen boicoteaba los esfuerzos de paseo de los caminantes alérgicos, pero eso a ella se la traía de canto, que más le daba que la gente se ahogase en su propio esputo. ¿Por qué habría de importarle una mierda nada de lo que el mundo a sus pies hiciese o pensase?

Un golpe de suerte, todo había cambiado, tanto tiempo siendo como ellos, fea, rastrera, cínica, temerosa de lo que cielo y ventura le aguardasen.
Y ahí estaba aquel día de Abril. Esquivando a los coches de la Plaza Europa con su capote de seda blanca, aquel que le habían regalado. Decía ella que en compensación a todas las putadas con las que había tenido que tragar hasta ese día.

No le sirvió de nada.

Vi como cruzaba a ras del casco de un “motorista” de pendientes con brillantes y pantalones de chándal blancos y se plantaba en la otra acera, atento presencié como se posaba sutil, como era, en una brizna que se desperezaba. Un chiquillo la miro, ella planto en él sus ojos diminutos, fríos y rotos. De lejos, mientras bailaba, sus rasgos se perdían al contraluz, pero de cerca, seguía siendo un bichejo feo.

O eso le pareció al crio, que mostrando esa buena piedad que nos caracteriza a los viandantes anónimos, reventó el cuerpo de mi bailarina de un pisotón.

Su madre le chistó (“Miguel Ángel, límpiate el zapato antes de subir al bus”). Y a mí, una vez más se me quedo (y no son pocas en lo que llevamos de primavera) cara de pánfilo.

"La derrota de la página en blanco"

Recuerdo la primera carta que me llego, era grande, rectangular, encuadernada entre dos tapas duras y verdes, con grandes letras negras en su portada. “TEO, Va al zoo.” Remitía aquel sobre, que una mañana de mi infancia apareció en mi escritorio (por aquel entonces mesa de juegos), siempre me acordare de aquella sensación de no saber con lo que había topado. En una esquinita estaba mi nombre adherido con una pegatina.

Y lo leí, atento, descubriendo que había vidas escondidas por doquier, voces de tinta que nos llamaban a la aventura. Acepte la llamada de aquel chico y le acompañe en sus viajes, primero al zoo, después a la escuela, al médico… Era un chiquillo, curioso como todos somos con cuatro años y esos regalos que de vez en cuando mi padre dejaba encima de mi mesita, mi cama o en el sofá del salón me parecían el invento más maravilloso del mundo.

Pronto el bueno de Teo me dejo de invitar a sus excursiones, o puede que a mí me dejase de interesar ir una y otra vez al circo, o al médico. Pero a mi escritorio siguieron llegando cartas, esta vez voces más serias, más maduras que reclamaban mi presencia en lugares lejanos con los que yo fantaseaba todas las tardes, playmobil en mano.

Y así fue como me embarque en una galera a Armorica y luché codo a codo con los irreductibles galos, hice frente al invasor romano y me recosté al fuego de una hoguera a disfrutar de un buen jabalí. De mano de aquellas cartas, que a veces tenían como sello una pegatina naranja de “125 ptas.”, visité el salvaje oeste dando caza una y otra vez a los hermanos Dalton, me perdí en las calles de una esperpéntica España, combatiendo el crimen a las órdenes del Superintendente Vicente y busque el tesoro Rackham el Rojo, en compañía del buen capitán Haddock.
Supongo que a los heroinómanos les pasa parecido, empiezan con el consumo puntual de drogas blandas y cuando quieren darse cuenta necesitan tres chutes diarios de jaco para funcionar. Eso me pasó a mí.

Acabé con todas las aventuras que los antes citados me ofrecieron, entonces mi ya escritorio se vio vacio, pero mi padre previsor como pocos empezó a filtrar correspondencia, elegida con bueno ojo, pasada por una criba maestra. Me llegaron cartas nuevas, de sobres más feos, sin el ribete colorido que Goscinny y Uderzo plantaban a sus epístolas galas. Siempre recordaré aquel sobre ajado, de tinta verde que a tantos críos nos llego, con arañazos de lechuza, una invitación a recibir una educación alternativa, grandes cosas viví en Hogwarts, donde volví en al menos otra seis ocasiones, también invitado por esos entes rectangulares y extraños que me apelaban y casi obligaban a plantarme donde fuese dispuesto a disfrutar como un jabato varita/espada/tenedor/prismático/cámara/pistola en ristre.

Hoy he recordado a todas las aventuras a las que me han invitado, puntuales desconocidos.

Yo he buscado la Ciudad de las Bestias. Yo crucé el portal a Idhún de mano de hadas, dragones y unicornios. Yo me encontré a un aviador, que hablaba de zorros y rosas en mitad del Sahara. Yo leí con Bastian las aventuras de Atreyu en el reino de Fantasía. Derroqué con Momo a los hombres de gris. Yo marché de Hobbiton, con Bilbo, obligado por un mago de sombrero gris, y vagué por esas tierras, cabalgando con eorlingas, pasando orcos a cuchillo, viendo como montaraces se convertían en reyes y pequeños hobbits forjaban la historia del mundo. Navegué en una nao desde Mompracem por toda Malasia, solo para contemplar el brillo de una perla que se escondía en Labuán. Sin pisar tierra me embarque en el Pequod, y cacé ballenas a las ordenes de un masturbador autodestructivo de nombre Ahab. Y me debió de gustar el aroma de las olas del mar, porque navegue desde Bristol con Jim Hawkins a la busca y captura del tesoro del Capitán Flint, y de la mano de Arturo y Benito sufrí los vientos cargados de pólvora y salitre cerca del cabo de Trafalgar. Escuché como las proezas de estos hombres de mar eran cantadas en la quilla de un barco cercano a Estambul, y me gustaron estas canciones, tanto fue así que me perdí en los cantos de veredas perdidas y curvas del Duero de Don Machado, pasé noches y noches contemplando la luna a la que Federico cantaba, y bajo la cual gitanas y caballos negros se encorajinaban y miraban altivos a los guardias civiles. Valientes asesinos, que decidieron segar la vida a Paco el del Molino. No me quedé a escuchar su réquiem, pero oí muchos otros. Escuché atento como durante cinco horas se velaba a Mario, desmigando la química del amor. Esa misma química que tantas veces presencie en acción. Estuve ahí cuando la ciencia convertía al buen Doctor Jekyll en Mr. Hyde, asistí a los actos de Iping, donde el brillante Griffin, perdió su brillo, forma y color para convertirse en el inmortal hombre invisible. La ciencia me sirvió también de corcel, de maquina con la que viajar a ese futuro caótico que nos espera, donde los morlocs mantenían a raya a los pequeños y estúpidos eloi. He visto muchos de esos mundos caóticos y perdidos, yo quise alzarme contra el Gran Hermano y acabé por dar con mis huesos en la habitación 101. En una Inglaterra distinta, que a la vez era la misma, vi triunfar sin embargo muchas veces la razón, de manos de un sabueso, adicto a la coca y con manos de violinista que vivía en el 221 de Baker Street. Gentes de su ralea conocí a un buen montón, de entre los que siempre recordare a Hércules Poirot. Investigador de más alta alcurnia que el pobre Robert Langdon, que con su chaqueta de tweed y su reloj de Mickey Mouse acrecentaba esa imagen de que todo lo que le tocaba resolver lo acabaría resolviendo a rastras, sin elegancia. Esa elegancia decimonónica que tanto deseaba poder exhibir Enma Bovary, francesa de lógica inentendible. Como suelen serlo todos los gabachos con los que me he topado, desde ese megalómano que presidia la batalla de Borodino (en la que mis compatriotas se dejaban los bemoles entre el barro y la metralla para avanzar directos a la deserción) hasta aquel miserable de Jean Valjean, que no sabía si no complicarse tontamente la existencia. Mención aparte merece Edmundo Dantes, un pobre diablo al que jodieron a base de bien, y con el que compartí presidio durante todos esos largos años en el castillo de If, el cabrón se supo rehacer y con todo lo que aprendió del viejo Faria armó la de Cristo sin monte, al final encontró el amor y fue feliz. De amor también aprendí en estos viajes, aquellos muchachos que se lo juraron en un balcón de un palacio veronés tuvieron la suerte de ver su peor cara, pero en los cantos, que Neruda me susurraba en noches estrelladas llegué a atisbar lo maravilloso del invento. No era tanta tontería dejarse el pellejo en contar las venturas de una dama, aunque al desgraciado de Alonso le cayesen hostias por doquier… (Di que con la vacía de barbero en la cabeza alguna hostieja era ineludible). Tal vez lo más duro del amor lo aprendí en Macondo, viendo a la pobre estirpe de los Buendía padecer lo efímero de este. A todos los vi morir solos, libres tal vez… a fin de cuentas la vida es saber arrastrar con garbo esa soledad por todas las aventuras que vivimos, dejando que se intercale con las vidas de otros, sin que se enrede por supuesto. Sufrió en exceso de esto el pobre Robinson. Esto mismo que nos explicó el bueno de Max Demian, o nos intento explicar con metáforas cainitas. Cainitas como los pobres hermanos Mario Vicente, Vicente Mario. Su pobre padre se había ahogado en los hechos del pasado, un pasado en el que por la calles de esa misma ciudad paseé con un poeta ciego que buscaba realzar su fama de escritor bohemio del brazo de un hijoputa con trazas de perro lazarillo.

Son muchas vidas las que he vivido, muchas batallas contra la página en blanco a las que me invitaron, en las que vencimos. Victorias del arte, victorias de la imaginación, victorias olvidadas, victorias de olor a tinta y polvo.

Guerras contra el vació de los folios impolutos, de los archivos de Word recién abiertos.

Cruzada, guerra santa, que a día de hoy me toca a mí armar. Ojala algún día os llegue completa mi carta, llamándoos una vez más a armas.