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miércoles, 23 de febrero de 2011

Jamás le hagas cosquillas a un dragón dormido.





Qué por qué no existían los dragones.

Eso me preguntó aquel crío de ojos marrones, lagrimeaba y le colgaba el moquillo, el labio le bailaba y el miedo se le mezclaba con la rabia del que se siente engañado.

Yo no supe que decirle, supongo que un “el mundo es una mierda” me sonaba demasiado crudo y simplista, así que lo compliqué. Y le hablé de los dinosaurios, que eran algo así como dragones y de cómo un meteorito se los cargo sin contemplaciones.

El niño tenía los ojos muy abiertos, cómo si un pedrusco acabase de caer del cielo y me hubiera dejado hecho puré a sus pies.

Qué por qué cayó el meteorito, dijo, aun más trastocado que antes, temblaba y paseaba sus manitas de aquí a allá, buscando un sitio dónde no le estorbaran.

“Pues porque el mundo no es justo, y de vez en cuando la mierda te cae encima por arte de birlibirloque” tendría que haberle contestado, pero me sonó agresivo y preferí hablar a aquel chiquillo de los astros. De las órbitas elípticas y de la trayectoria de los cometas, de la vía láctea y de los agujeros negros. Le expliqué, que lo de los dinosaurios fue simplemente mala suerte, les aplastó un meteorito gigantesco, los que caen ahora son tan pequeños que ni los notamos, añadí intentando tranquilizarle.

Pero él no entendió nada, o entendió todo mejor que yo, clavó la mirada en el suelo y se echó a llorar; le eché la mano al pelo y le dije que no se preocupara, que había un montón de animales increíbles que si que existían, que antes o después vería en un zoo, o en el circo.

Él se sorbió los mocos y me miró con desprecio, como si fuese incapaz de entender lo que realmente importa, “¡No es eso!” me gritó, “Yo sabía la forma de un dragón y cuando lo veía podía irme corriendo pero no sé como es la mala suerte.”

Y entonces pensé en mentirle, en decirle que “no se preocupara por eso, que la mala suerte no existe, que se junta con los dragones y los dinosaurios, porque aquí, entre las personas que existimos de verdad no tiene nada que hacer.”. Y me sonó extrañamente tranquilizador, así que se lo solté, esperando que aquel parvulito encontrará una grieta a mi razonamiento y se me echará al cuello con vehemencia. Pero nada.

Se me quedó mirando pensativo, con el ceño fruncido y el moquillo aun colgando; asintió muy despacio y se fue tranquilizando. A mí me quemaban las entrañas. El se perdió entre los columpios y nunca más volvieron a preocuparle el ataque de los dragones, los meteoritos salidos de órbita o los reveses del destino.

A los veintitrés recién cumplidos aquel crío quebró, las tragaperras le chuparon hasta el ultimo céntimo y él se justificó, decía que diecisiete años atrás un pedazo de cabrón había decidido engañarle. No sé que hará ahora con su vida, cuentan por ahí que un dragón se lo comió, que desapareció de la noche a la mañana y su casa amaneció llena de escamas y hollín.

A la gente le encanta inventar, sobre todo si así consiguen hacerme perder credibilidad.



-.Foto del mismo tipo que la entrada anterior que como esta acaba de salir del tintero. Cuidado con los dragones y feliz primavera, que según el día de la marmota, este año se adelanta.

"Siempre que sueño las playas, las sueño solas, mi vida."





Nunca parecía asustado, ese era el único don que se atrevía a exhibir, el resto se los guardaba para sí, a sabiendas, celoso, de lo que vale la información. Era un hombre consciente, a pesar de lo ausente de su mirada, sabía más de lo que aparentaba y callaba más de lo que decía.

En el barrio le conocían por esa supuesta valentía de corcho-pan, por aquel orgullo arrabalero que le hacía partirse la camisa y sacar pecho ante la más mínima afrenta; los que le conocían de verdad, tal vez, a sabiendas de las cartas que llevaba escondidas en la manga se atrevían a tachar tanta barrabasada de farol. Yo sigo sin tenerlo claro. A veces prefiero pensar que pintaban bastos y él tenía as y tres.

Dicen que la única diferencia entre un cobarde y un valiente es que uno sabe a lo que se enfrenta y el otro tan sólo cree saberlo; eso dijo Bukowski, supongo que para justificarse, era un viejo acojonado. No como este muchacho.

Bebía, como el viejo cabrón de Hank, también para olvidar, para olvidar que esto duele, que las cargas pesan, que mañana tocará volver a empezar, el bebía, bebía hasta poder permitirse el lujo de llorar, de aflojar la máscara o de apretarla con saña.

A cualquier otro le hubieran pedido cuentas, un “echa el freno”, “esto te va a acabar jodiendo”; pero que le echabas en cara a él, que aparentemente nada tenía en este mundo; una vida difícil sin muchas expectativas, eso tenía el pobre cabrón, “las oportunidades se las tengo contadas, no me venga usted a sisar ninguna”, le susurraba la vida y el asentía con todo el cinismo del que disponía. Apuraba el cubata, mataba el cigarro y echaba a andar, cruzaba los dedos, y se conjuraba, esperaba que la vida se hubiera equivocado al contar.

Si Da Vinci hubiera captado esa sonrisa suya, resignada, desdibujada, como reflejada en un espejo de carnaval, el arte tendría un digno arquetipo de perfección humana, un hombre dolido, que no cree en aquel cuento chino del rendirse. Pero no, Leonardo tuvo que retratar a aquella furcia andrógina... de errores está la historia llena.

De errores subsanables y de errores que acaban mal; muy mal.

La última vez que le vi era de noche, de un salto salió de las tripas de aquel bar, me vio y decidió acercarseme, él andaba torcido, y que coño, yo también. Cruzamos un abrazo y cuatro palabras, me pidió fuego y no pude más que encogerme de hombros, se colocó el pitillo en la oreja, que daba igual que encontraría algún mechero que robar.

Hablamos de los planes de la noche, nuestros caminos se separan, dijo ladeando la cabeza, y yo asentí; esta noche habrá bulla, gruñó mirando al tendido y yo me lo quede mirando, le pregunte si la había o él la iba a ir a buscar.

Que mañana te cuento. Que cuides, no te arriesgues; le pedí.

Cuando la mano es buena no hay riesgo; me soltó mientras me tendía esa zarpa, grande, callosa, dura, cómo él. Le despedí y se fue calle abajo.

Andaba con paso flamenco, sin miedo en la mirada, tarareaba con la cabeza y con los dedos se aliñaba el cigarro que yo no le pude encender.



miércoles, 5 de enero de 2011

Barras de bar.






Arde, como arde una estufa de butano en mitad del desierto, arde el suelo a sus pies, echan chispas las arrugas de su alma y en sus labios se consume un cigarro.

Roba el viento sus cenizas. Como roba lágrimas a contratiempo e insultos de refilón. Dentro del bar el tiempo contiene el aliento y saca pecho. Los segundos se eternizan. Huele a falta de amor y a exceso podrido allá cerca del billar, se pasea un eco de humo por el paladar, brillan los vidrios al otro lado de la barra y los clientes suspiran.

En el pie de la banqueta redobla el tacón de un mocasín negro de la cuarenta y cuatro, su mirada fija en el extrarradio, su mano va del vaso al pelo, fluye güisqui nacional rebajado por su laringe y por su sien cruza como un tiro la voz de Roberto Iniesta.

Canta aquello de que está harto de tanta canción insulsa, de tanta reposición en la dos y de que no se diga lo que cuesta el amor . El muchacho resopla y le echan un brazo al hombro.

Que no te preocupes nano, le viene a decir, con el cinismo goteando del lacrimal el borracho de su vera, que jodidos estamos todos y más lo vamos a estar, se sonríe, y rebusca en su bolsillo, fuego, no encuentra, al parecer estamos faltos de gas.

Almas esbafadas, gente sin chispa. Corre un mechero por la barra, entre jarras y cántaros vertidos y llega a las manos a las que tiene que llegar.

Que escuches nano, prosigue el borracho sin soltar del hombro al joven, que hemos obrado mal, que claro que me arrepiento pero joder... grazna entre chupadas nerviosas de pitillo, yo no me dejo vencer, ¿Entiendes?, que un hombre que acepta su derrota no es hombre nano, un hombre no piensa en tirar la toalla, eso son mariconadas, un hombre de verdad sólo sabe aceptar el K.O.

El muchacho clava los ojos en sus mocasines, que han dejado de repiquetear, yo estoy contra las cuerdas, murmura antes de pegar un trago lánguido a su vaso, su acompañante se ríe y decide negar.

“No”.

Se calla y mide su silencio,toma carrerilla, uno, dos, tres y retoma el hilo.

Habla como hablan los hombres que creen no poder ser contradichos, como un coloso que no llega a ver sus pies de barro, el tío le da al palique, y cuenta lo que tiene que contar, se hace el duro, gesticula, extiende los jirones de su alma por esa esquina mal iluminada de ese bar de carretera.

Salpica de su barba el garrafón, de su mirada el sentimiento de abandono, ahora grita que para cuando le toque bajar a los infiernos no habrá caldera que no esté cubierta de nieve, y que espera que sea de la baratita.

El chico, el de los mocasines negro, parece cansarse y hace amago de recoger y salir por la puerta, el mundo afuera gira. A lo suyo, olvidando a los que quieren ser olvidados.

Los dardos cogen polvo y las bombillas parpadean, el joven desdobla la chaqueta y se la echa al hombro, se tambalea hasta la puerta. Una voz rota le ruge desde lo negro que buena suerte chaval.

El reloj da las tres y el sol pica que rabia. El viento sopla desbocado hacia el mar; arrastra cenizas, saliva y alguna palabrota.

En la parada del bus se agolpan las almas que deciden retomar un camino a ninguna parte.

El joven, antes muchacho del bar y ahora viajero, frota el pie contra el suelo, una, dos veces, y teniendo la certeza de que todo está en su sitio se mete las manos en los bolsillos y clava la mirada en el arcén izquierdo de la carretera.

Camina, y las ruedas rozan la grava sin clemencia, el rugir de los motores le salpica el tímpano y en el horizonte todo parece tener un poco más de sentido. Incluso el andar por andar...

Andar, por lo menos, hasta el siguiente bar.



-.Foto de Don Óscar J. Pintado, titula como esta entrada, parte del verso de una canción de Miguel Ríos. Feliz 2011, esperemos que los Reyes se porten con todos como deben. Yo a lo mío, escribo, leo, espero, miro por la ventana...





lunes, 25 de octubre de 2010

"La vuelta al día en ochenta mundos"






Qué la matemática está equivocada, qué lo sepas, qué nada y nada hacen un poquito, qué los números primos son primos hasta que se enamoran, qué si tus labios fuesen asíntotas no habría función que no se lanzase de cabeza a cruzar la vertical, la horizontal y la oblicua.

Pero qué más da todo esto y aquello y lo de más allá, debía de pensar aquel gris conductor, que devoraba carretera como si pretendiera alcanzar al sol, que barriendo para dentro se metía en su portal.

La sombra del autobús se alargaba sobre la grava caliente, las lagartijas se divertían apostando, algunas decían que lograría dejar al pasado atrás, deshacerse de esa carga persistente que pisaba los talones a pasajeros y conductor.

Las más viejas se reían acariciándose el muñón de la cola, que el pasado no perdona.

El bus se zarandeaba, la gente dentro miraba a la nada de aquel desierto, al pellejo desinflado de lo que había sido un oasis, una vida de ayer.

Como la que quedaba a sus espaldas, al otro lado de la arena de Sonora.

La arena echaba a volar creyéndose aguilucho, o promesa furtiva, o mente vacía.

Y el sol mientras giraba sobre sus talones, saludando con su frente sudada los tranvías de Tokio, los hombres grises se frotaban las manos y encendían el primer pitillo del día.

En los vagones se agolpaban cascaras vacías, y Momo ya casada y haciendo el desayuno de sus cuatro hijos no se atrevía a decir nada.

Desde la ventana de aquel vagón de la línea cuatro la gente dejaba escapar sus almas entre bostezo y bostezo, cansadas las pobres de tanta rutina se escabullían por las rendijas de ventilación y nunca más volvían la vista atrás.

En la cabina otro conductor iba de cabeza al sol, como un Ícaro con ganas de zambullirse en el mar, la gorra le ensombrecía la mirada, una mirada que no entendía de renglones torcidos, ni de amor, ni de perdón, una mirada que ante la duda del porqué se limitaba a seguir los raíles de esas calles estériles.

Un gallo maullaba, en la orilla de un río a miles de kilómetros de allí, el sol se retrasaba y no sabía qué hacer, despertó a un pobre barquero, que poniéndose sus calzas salió de la chabola.

Era un hombre humilde, un pobre que se dedicaba a ayudar a las gentes a cruzar aquel riachuelo, por la voluntad. En su rostro el tiempo se había detenido, no había ninguna prisa en su andar, se sentó en su chalupa con los pies rozándole el agua y se puso a buscar palabras en silencio, algo con lo que decir adiós, o hasta luego, o alguna frase con la que hacer que una mujer se sintiera querida.

Y no encontró nada, en aquel manglar estaban él, su reflejo y un triste gallo que no sabía ni como tenía que cantar.

Era de noche cerrada y los niños corrían a sus colchones de paja y cartón; los morteros dejaban de escupir esas puyas de pólvora y metralla, y en torno a la luz de una bombilla cagada por mil moscas se urdía un delito de contrabando y amor.

Que los túneles eran peligrosos y se podían derrumbar, le decían agarrándole del hombro, a él le daba igual. Miraba a aquellos críos, que clavaban sus ojos con miedo desde sus improvisadas camas en el techo de aquella habitación desvencijada, a la que llamaban hogar.

En su espalda notaba a un anhelo empujarle, en sus oídos doblaban por él los ecos de las bombas. Echó la rodilla en el suelo y se metió en el túnel. Goteaba arena seca y fría, a gatas siguió adelante, en busca del otro lado de aquel túnel, de la otra cara de la frontera; en busca a fin de cuentas de un nuevo día y de un nuevo sol.

Un sol que en aquel bar del centro de la ciudad tenían olvidado, las luces de colores chocaban y volvían a chocar cogiendo velocidad; los jóvenes se movían, al ritmo del aviso de bomba que escupían los altavoces.

Un muchacho salía airado del baño, con los ojos rojos de humo y dolor, el puño cerrado de rabia y la mente encharcada en malos pensamientos. Cruzó el bar de dos zancadas y salió a la calle donde el frio le hizo volver a sentirse persona.

Caminó, buscando su casa, miró al reloj, pensó en esperar al día sentando en el portal, la calle estaba helada y él se hubiera congelado con ella, quieto y sin enterarse de nada hubiera esperado a la primavera, a un sol que calentase más, a un tiempo menos duro.

Pero no era una opción, se dijo, mientras giraba el picaporte de su piso y buscaba a tientas la cama.

Mucho más al sur mi vecino fumaba, fuma un cigarro y después otro, como eludiendo a la realidad, a los horarios y a lo que le espera al otro lado del alfeizar de su ventana.

Mientras, observa a la luna con los ojos entornados. Ella mete tripa y se pone de
puntillas ,pizpereta como es se da la vuelta y mira a sus espaldas, ni rastro del sol.

Hace una mueca y sigue caminando, enfadada, de que el muy cabrón no aparezca.

Le insisto y le digo que se espere, que observe a la gente que vuelve sola a casa o que cuente estrellas; pero ella pasando de todo clava su vista al otro lado del mar, donde un autobús sin frenos atraviesa bajo un manto de estrellas el desierto de Sonora.



-.La foto una vez más de el maestro Goya. He estado dudando de si colgar esto o una crítica que he escrito sobre un libro de Carlos Castán (Museo de la soledad). http://www.flickr.com/photos/tonigoya

jueves, 21 de octubre de 2010

Niega el apóstata y ríe el gallo.





Dios se levanta ronco por las mañanas, se estira y cierra la ventana; los años no perdonan, el azul de los ojos ya no le huele a mar; le cuelgan tibios los brazos y su cuerpo de acero, que tantos astros colgó del cielo flaquea.

De ese mármol queda ahora la gravilla, grava gris que se deja calentar al sol, grava gris que todo lo ve y que ya nada entiende.

Dios silba soleas desde su ventana.

De pascuas a ramos le brilla la aureola, él se ruboriza y mira al infinito, piensa en esas muchachas que le nombran jadeantes, con los dedos de los pies cruzados y un infierno congelado en el bajo vientre. Y sonríe.

En la plaza los niños juegan, se creen bombarderos o dinosaurios y persiguen palomas; que rompen a volar, esquivando las piedras que les lanzan esos pequeños efes-dieciocho.

Y Dios se cabrea, porque ya no le quedan mejillas, ni carrillos, ni articulaciones sanas que tender a nadie. De tender solo le quedan las pinzas y se dedica a lanzárselas a esos críos; que solo saben apedrearle su viejo espíritu de buen pastor.

Un espíritu dolido, que recuerda veranos pasados. Noches de vilezas, de besos vacios; noches de mar y tormenta, pero también tantas noches de soledad.

Resuena el timbre de Dios. Que si le interesaría a usted hacerse de Endesa; los años se han llevado su paciencia, les cierra de portazo y busca sus rayos.

Estarán en el desván, concluye; con todos los cachivaches de juventud, de esos tiempos lejanos en los que firmaba como Zeús en el papiro y en los vientres de sus musas.

Aún las recuerda, sueña con ellas, las llora; Europa, vieja desgraciada, la tienen bien puteada, encorvada y sin dientes; murió su ambición, la avaricia la envileció, ahora solo queda la desidia del que espera el descanso del nicho con la mente en blanco, sin pensar en nada ni nadie, fumando, comiendo, riendo, intentando no sentir.

Por no llorar.

Dios llora. No le queda tabaco y cada vez que le pega un lingotazo a esa vieja botella de vino aguado le asalta la nostalgia.

Se sienta en la mecedora y se enciende el puro de las grandes ocasiones, un Montecristo, valga la paradoja; juega con la vitola, se anilla el dedo con ella.

María… más sencilla que la vieja Europa, tan aséptica y mojigata… Una digna madre para un chiquillo, pero no era lo que una vieja deidad, de nudillos cansados y cejas canas busca.

El había sido un poeta, de los de verso certero, tasca barata y bastante mala hostia. No quería esposas fieles, ni palomas blancas. Quería fiestas obscenas en casa del rufián de Barrabás, una pena que por disputas familiares no le llegaran nunca a invitar.

El seguía con sus versos, colgando lunas del cielo, separando los mares, iluminando el sino de los hombres en su corazón, haciendo prender zarzas, resucitando y echándose otra vez a descansar.

Dios se levanta, con el convencimiento rugiéndole en el pecho, con la determinación brillándole en sus tres ojos grises, le tiembla el labio, marcando ritmo de salmo, soniquete de violín, de esos que viejos amigos hacían sonar cuando les ponía la mano en el hombro.

Dios acaricia sus libros viejos, sus versos, sus hazañas, su vida; con dulzura, con ese tacto suyo de viejo poeta. Y ya no le pesa tanto esa cruz. Se va volando la culpabilidad.

El viejo cabrón rompe a reír, ve bajar el telón y gracias da de no estar en escena.

A voz en grito se cisca en el Diablo y retoma la botella.

Las palomas de su alfeizar echan a volar.

Sobrevuelan Gran Vía y tienen el intestino bien cargado.

Me llevo un clínex al hombro, está claro que si de algo me tenía que empapar en esta historia no iba a ser del espíritu santo, ni del puñetero mana.



-. Dicho todo esto sin ningún tipo de ánimo de ofender, si alguien se ofende (algún cristiano fundamentalista pedorro) que sepa que no me retracto de nada, que Dios es ante todo un personaje literario y que esto carece totalmente de literalidad. La foto de un tal Miguel Ángel, que en esto de ilustrar historias sacras, los miguelángeles son un gremio que se prodiga. Creo que es barcelonés, tiene un talento que salpica todo lo que su cámara toca: http://www.flickr.com/photos/migajiro Echadle un vistazo, aunque solo sea por las modelos y musas que trabajan con él.

sábado, 16 de octubre de 2010

Alma de cambalache.








Me malvendieron la ilusión en la esquina de aquel rastro.

Que si a cero treinta alguna idea, por un euro sueños de futuro y por tres la felicidad, de regalo un plan huida. Gritaban las gitanas, con los dedos ensortijados y una chispa de ingenio y ron en la mirada.

Y las suelas de los zapatos, se perdían entre el mar de puestos, que aquellos hombres como vigías con esas velas manchadas a las espaldas y esas patentes de corso a la vista, se dedicaban a otear.

En busca de un mercante encallado, de un hombre al agua; como tiburones de pecera, como gallos en su corral. Los compradores se dejaban engañar.

Un anciano quema piedra debajo del cartel de su puesto, “Ojalatería”, que él la llama; a pesar de que no venden besos, ni poesías ya escritas, ni soluciones fáciles, ni máscaras tras las que esconderse.

Qué no payo, que aquí solo vendemos recambios; pues quiero un alma de repuesto; pues te jodes pisha, que en oferta solo tengo carburadores.

Y el fluir del dinero me arrastra, entre los puestos, en los que palian su falta de almas con vodevil; “hoy de once una, les ofrecemos a los señores mentiras lisonjeras, como que a la señora le favorece esa chaqueta o que es perfume aquella cicuta”.

Siguen sin vender almas, pero que busque más p´adentro. Más p´adentro me ofrecen una manzana, me aseguran que no está envenenada, pero para que la quiero yo, si no me van echar de ningún paraíso por hincarle el diente.

En esa misma callejuela, buhonean bragas a un euro; qué para que almas “miarma” si tú a una muchacha le regalas dos de estas y la tiene a tus pies; es que sería irónico, le explico, algo así como que Dillinger regalase cajas fuertes a los bancos.

Amenaza con echarme un mal de ojo y me voy con unas bragas en la mano.

El viento se dedica a levantar faldas, para comprobar cuantas mujeres compran aquí su lencería, me susurra el muy cabrón.

Me levanto las solapas de la cazadora y me voy por donde he venido. La gente va y viene, algunos en sus coches, otros a mí lado con las manos en los bolsillos.

Al girarme el mercadillo ya no está, el viento me pasa la mano por el pelo y me explica, qué como todos los buenos rastros, estaba dibujado en arena fina.

Sí, eso será, que la cal la pongo yo; con las suelas de las botas roídas, los dedos congelados y unas bragas en el bolsillo.

Por lo menos no me voy con las manos vacías.



-.Basado en hecho reales y aunque nunca jamás lo vaya a leer, va dedicado a Montero Glez, que al releerlo me ha recordado a "Cuando la noche obliga", a pesar de que nada tienen que ver (tal vez patine, pero creo que hoy es el cumpleaños del sujeto). Sabina me decepcionó ayer, se ve que es humano y los años pesan, Panchito Varona salvó la noche. La foto de un tal Germen, por no abusar más de Antonio Goya: http://www.flickr.com/photos/germencillo/

jueves, 14 de octubre de 2010

Y los sueños...







Resuena el llanto de la guitarra, de entre los cipreses que se desperezan, aparece el sol que entra en escena con paso seguro, y sin hacer caso al apuntador, calienta como no debería calentar.

El sudor se arremolina en su frente y bajo las ruedas de su coche arde el asfalto. La calle se les queda pequeña y la gente les ve perderse entre más gente. Distinta, pero igual.

Un poli les para, ella ruge calentando bujía, el baja con descaro la ventanilla y ajusta el retrovisor; qué sucede, iba usted muy deprisa; lo sé responde él sin hacer mayor aspaviento; se quedan mirando y la gente camina.

Sin dirección ni destino, algunos caminan por caminar, otros tienen prisa, el reloj les quema las entrañas y el amor o el odio o el miedo, la mirada.

Arden, como arden las palabras cuando uno las sabe cargar de pólvora y cicuta. Yo camino marcando un compás de cuatro por negra con el talón. No quemo rueda, ni conduzco un Ford Fiesta pensando que es un Mustang, tampoco me hace ninguna falta.

Friegan las calles; artistas y titiriteros bailan con el sonido de un violín, flotan globos en el aire y los niños pierden su mirada en el cielo, que se encapota para salirte a torear.

Como un miura, echando sangre y arena hacia atrás, cargas cuesta arriba.
A mí la boca me sabe a cloro.

Las golondrinas rondan a los patos, las arañas a las moscas y un pobre picador crecido intenta entrar a matar contigo.

Va jodido, no más que yo, que le observo y me sonrío.

Tampoco tengo mucho más que hacer.

Ya están sacando a rastras al sol, que desde el suelo me guiña un ojo, no ha sido un mal recital.

Mejor al menos que mi día, que entre dolores de cabeza y palos de ciego se extingue por la ribera que no se detiene ni para preguntar que qué tal.

Pues cuesta abajo y sin frenos; y sin mucho más que hacer. Los niños juegan sin saber todavía lo malo que es lo malo y todo lo bueno que les queda por ver.

Yo ya he visto demasiado, o aun me falta mucho por ver, porqué no entiendo de la misa la mitad, ni de esta peli (derroche de clichés) el final.

Un contrapicado, guiño a cámara, me paso la lengua por los labios.

“A mí no me llamaron Indiana, pero nadie me gana a perro.”

Un telón que cae, cuatro nombres sobre un fondo negro. Y un capullo en un Ford Mustang que se pierde en el horizonte.

Bajo una bandera remendada, que hiede a libertad pasada un león rugiente me da las buenas noches. Unas letras se iluminan, suena al piano “Moon river” o la “Marcha Imperial”.

Qué más da, esto se acaba y redobla un “The end” en tu pantalla.



-.En lo que queda de semana no actualizo, que es el final de fiestas y voy de aquí a allá... Mañana a ver al Sabina. Pasado Dios dirá. La foto, una noche más de Antonio Goya,a quien os insisto que veáis como retratista, que es cojonudo: http://www.flickr.com/photos/tonigoya

viernes, 17 de septiembre de 2010

Mausoleo de bolsillo





La huelga estaba siendo un éxito en aquel vergel venido a menos, aplastado por el peso del mármol enmohecido y el granito tallado, no quedaba ni un segundero dispuesto a volver a ser explotado.

Todos callaban, otorgando una paz velada, consternada, de mentiras pasadas; de esas que los relojes de pulsera tan bien conocen. De eso escriben en sus tardes de soledad.

Como aquella, plomiza, en la que el Sol brillaba por su ausencia; las lagrimas de pesar salpicaban por doquier esas callejuelas empinadas. Aquella tarde las endebles manecillas de todos aquellos relojes, con sus cuerpos de plástico, acero, oro o titanio nacarado, temblaban, aguantando al unísono la respiración.

Decían esas malas lenguas de trapo que no les necesitaban y ellos discrepaban, paseándose ante sus narices con su chulería torera, esa que gallardos exhiben quienes se creen ineludibles, esa con la que muerte y amor miran a sus presas.

Un tic tac enmudecido hacía retumbar el pavimento, los paseantes inquietos miraban atónitos la huelga golpeando a aquellos explotadores sublevados con la uña, intentando dar con algún esquirol.

Olía a tierra mojada, a hormiga húmeda y a tiempo parado. Y las prisas decidieron esfumarse. No les gustaba aquella colina, despertaba en sus entrañas de sentimiento presuroso un tenue latir de culpa. Y claro, siendo las prisas ese culo de mal asiento que son no iban a quedarse quietas con el regusto amargo del arrepentimiento asomándoles por el gaznate.

Ese paréntesis de calma no perturbaba el ser de aquel rincón de la ciudad. Aquella costra en la memoria del hombre, aquel paramo yermo regado de sonrisas melancólicas y rosas, alguna azucena y sobre todo el latir contenido de todos aquellos relojes.

De entre los nichos escapó un estertor, lo que en vida hubiera sido una risa, sin nervio, tranquila, una mueca de aquel que ya no tiene nada que esperar y puede entregarse a la desidia del descanso; los relojes se percataron.

Ellos que tenían a todos los hombres postrados, encadenados y cumpliendo la condena del vivir a ritmo de tambor de galera, nada tenían que hacer con esos cuerpos, de carne mórbida. Pasto de gusanos, que también hacían oídos sordos al tic-tac de sus entrañas; en aquel lugar nadie temía el sonido de lo inevitable pues nada quedaba por evitar.

Frustrados y acobardados los relojes se limitaron a correr un hueco en sus cadenas, a apretarse con fuerza a las muñecas de sus esclavos. Habían fracasado y cabreados retomaron a coro ese pulso maldito, ese aviso de bomba, ese que todos los presentes conocían, que algunos aun temían y que otros disfrutaban pues a sus oídos podridos de silencio ya se les había olvidado el taladrar de aquel redoble.

Un tic-tac que languideció a las puertas de la muerte. Como languidece el corazón.




PS. La foto es de una muchacha que deduzco carbayona, llevaba pensado poner otra, también suya, una cripta de su tierra que la chica había captado con aire hicthcockiano. No todo son muertos, la verdad es que lo que más me llama la atención de su galería son las fotos que le saca a varios bichejos, calmados, dulces, a lo mejor dejándose un poco en evidencia. A quien le interese echar un ojo: http://www.flickr.com/photos/shavy La foto titula: "Requiescat in pace"

sábado, 28 de agosto de 2010

Crujen los nudillos






Eran unas manos nudosas, arrugadas, llenas de surcos y callos, marcadas a fuego por el roce de todo lo que habían tocado. De vez en cuando se mostraban altaneras, recordaban los besos y caricias que les habían dado entre los dedos y se ruborizaban, les temblaban los nudillos y se cerraban sobre sí mismas, para que nadie viese como les brillaban las uñas.

Eran las manos de un cazador.

No de esos que se limitan a capar sus manos, degradándolas a un gancho y soporte con el que disparar un fusil o con el que esgrimir un cuchillo. No.

Aquel era un cazador distinto, él se dedicaba a seguir sonidos, pisadas de neumático sobre la acera; acechaba por los callejones persiguiendo el aroma del fracaso, o del amor, o del miedo, o de la muerte.

En la mirada se le intuía cierta determinación suicida; nunca daba una presa por perdida, todas tenían algo que ofrecerle, tal vez un susurro, una media verdad bien contada, un insulto a veces, otras una confesión.

Para eso usaba aquellas manos altivas y tímidas, esas manos que lucharon, que se alzaron en lo alto con un grito de justicia eran el arma de su expresión.

Aquel tipejo, de mirada sucia y gris cazaba vidas, las colgaba bocabajo y las dejaba secar; chorreaban tinta. Sus manos entonces iban y venían disparadas, perpetrando un baile que rozaba lo sexual. Encorajinadas se hundían en el vientre blando de aquel amante al que visitaban todas las noches.

Contra las teclas, a forma de yunque, los diez dedos de aquellas manos esculpían, en total sincronía daban forma y sentido al amasijo de acero al rojo que es el existir de los hombres. El cazador las miraba, orgulloso de sus pequeñas.

Luego se levantaba y con esas armas descorría los visillos de las ventanas, al acecho de nuevas vidas; vidas que saciaran a aquel cazador de hambre voraz, de sadismo elaborado, de pulso de cirujano y puntería de francotirador. Un trampero con alma de artista. Un escritor.




. La foto es de la misma muchacha que la de la entrada anterior. Sigo diciendo que me parece una artistaza increíble y que merece la pena perderse por entre sus fotos.
Nos vemos cuando acaben las recuperaciones. Un saludo de aquí el tahúr.

jueves, 26 de agosto de 2010

De hígados, cadenas y senderos.






Un “sal de ahí Lázaro” retumbó aquella tarde en ese sepulcro inmundo, el aroma a hastío se colaba por las rendijas de la piedra viva, moscardones y gusanos le rondaban y el pobre Lázaro no sabía dónde meterse. “Que me dejes en paz” quiso gritar. Pero le habían privado de voz y libertad.

“Levántate y camina” le ordenó aquel nazareno; Lázaro le miró con incredulidad, con la misma incredulidad con la que el gentío les observaba. Pero anduvo, echó a caminar sin mirar atrás, echándose a la espalda la pesada cruz de la inmortalidad dejó Betania y se perdió en dirección al desierto.

“Levántate y camina” una orden sencilla que se convirtió en su sino, pues Lázaro caminó, hasta que el pellejo de los pies se le convirtió en cuero. Hasta que sus ojos hartos de ver el mundo cambiar dejaron de esforzarse en mirar, pero Lázaro caminó aun más.

Hasta que un día no muy lejos de la misma Roma en cuyas catacumbas se contaba su historia fue a dar con los huesos en el suelo; un carro le pasó por encima, cosas que pasan… Y Lázaro se relamió, soltó un suspiró largo y se dejo morir.

“Levántate y camina” le ordeno un centurión, guardia civil de la época, ofreciéndole la mano mientras le comunicaba que las carreteras del imperio no estaban dispuestas para que la gente de su ralea hiciese el canelo, “si fuese usted el hijo de un cónsul, pues aun…”. Los ojos muertos de Lázaro miraban con un odio visceral al viejo soldado. Fue una mirada corta, duró hasta que los pies de Lázaro volvieron a ponerse en camino.

Y anduvo, y siguió andando; durante muchos años se dedico a vagar de punta a punta del imperio, llegó a las lejanas tierras de la India, donde un tigre de bengala le abrió en canal. Lázaro soltó un “hurra” para sus adentros, pero claro al estar huecos por culpa del susodicho tigre, el “hurra” resonó y resonó.

Un śhramana hindú, que orinaba en un árbol cercano le escuchó, acercándose a él con su paso lento y ceremonioso de sabio fue a apoyar su mano en el hombro del judío muerto. “Levanta y camina, joven” le pidió, con dulzura.

Y Lázaro, agarrándose las entrañas con la mano y empujándolas contra su vientre abierto, hizo caso al anciano, que de haber sabido arameo no le hubiera despedido con aquella complaciente sonrisa.

Los ojos del muerto vieron a los siglos solaparse, como se solapan los amores en los corazones de los hombres, sus pies le llevaban de un lado a otro, colocándole muchas veces en el ojo del huracán. Pereció bajo el acero de los hunos, y de los francos, y de los carolingios, y de los vikingos, y de los musulmanes y de los templarios. El hambre lo mató otras muchas veces, como el frio, la miseria o el cansancio.

Pero siempre se topaba con una mano amiga, con un desconocido que le recordaba cual era su destino, que le devolvía a aquel sendero que le tocaba andar, un sendero interminable.

O eso le parecía.

Un día, de esos que la historia ha visto y narrado tantas veces Lázaro se alejaba con su pasó seguro de una aldea turca. Las llamas la devoraban, los rusos, brindaban a la salud de Nicolás II, bailaban y bebían; los cuerpos calcinados de los otomanos sufrían las risas del ejército imperial, los rostros desencajados susurraban en silencio, envidiando al cadáver que huía de aquel escenario macabro.

“Dieciocho siglos sin probar una puñetera gota de vino” pensó Lázaro, subiendo con paso de mula torda la ladera del Cáucaso.

La montaña rasgaba el cielo y según iba ascendiendo Lázaro notaba caer la noche con más y más fuerza. En la cima, sin detenerse vio a un hombre encadenado.

Sus miradas se cruzaron, los dos agonizaban, sus almas estaban ya más que secas. Se sentían hermanados, Lázaro se tumbó a los pies de aquel gigante, de hombros anchos y gesto amable.

En un momento el pecho de Lázaro se desinfló, el titán dejo de luchar con sus cadenas, ambos murieron con complicidad mientras la noche arreciaba.
Lázaro se entregó a la nada. Se regodeo en el no existir, no tenía nada pero lo era todo, por fin libre.

Un grito le arrastró de vuelta, un “Levanta y camina” seguido de un “pide ayuda” hizo retumbar los cielos. Los dioses reían.

Lázaro abrió una vez más los ojos, escuchó un batir de alas.
Intentó golpear a aquella águila, desatar las ataduras de aquel hombre, pero sus propias cadenas tiraron de él.

Y aun hoy anda errante el pobre Lázaro, se sabe propiedad de un dios, que quiso escarmentarlo, él sabrá por qué.

Perdió hace tiempo el control de sus piernas, el color en los ojos, el peso de su alma, pero dos dedos en su mano derecha aun le obedecen, y él los cruza porque piensa que antes o después dará con la misma entrada del infierno. Y allí nadie tendrá la piedad, o los cojones de decirle una vez más “Levántate y camina”.






P.D.Vuelvo, pero no por mucho tiempo, que uno tiene exámenes; así que disfruten con lentitud de las andanzas de este pobre inmortal, que voy a estar un par de semanas sin poder actualizar.

La foto es de Julieta Pagano, http://www.flickr.com/photos/julietape/ tiene cosas preciosas.

sábado, 24 de julio de 2010

Bandera blanca en el malecón.







Sin pesar, con rabia, con violencia inerte, de esa que mueve sistemas, de esa que delimita senderos, alinea planetas. Con el pulso constante de un viejo rock and roll, apretaba teclas. Pensando en tiempos mejores, en días de vino y rosas y no en las tormentas de granizo y ranas que veía por su ventanal. Escupió a la pantalla. No tenía nada que decir.

“¿A que saben los besos que nunca probé?”, preguntaba al desmenuzado teclado que en silencio le respondía, arqueando sus tildes y encogiendo las mayúsculas: “A lo mismo que todos los demás.”.

Se repetía la historia, como se repite la morcilla, que también está hecha de sangre seca.

Como la que tomaba el sol bajo su bigote. Como la que el cepillo de dientes se llevaba todas las noches de sus encías. Como la que se había lamido de todas sus heridas, esas que la vida, con sus mentiras afiladas y sus jugarretas contundentes le había ido brindando.

Una pierna rota por una metáfora que no había sabido entender, un corazón partido, por la ironía. “Riesgos de jugar a esto sin valerse del humor como escudo” le comentó al teclado.

El seguía a lo suyo, llevaba tan bien como podía lo de que le metieran el dedo en la yaga. “Si”, le quería contestar, pero no supo, tan solo acertaba a interpretar los golpes que recibía, sin pararse a dar réplica. Formaba palabras, palabras vacías. Efímeras. De esas que un mal Alt+F4 pueden borrar.

Y si no acababan los unos y ceros con ellas, sería el fuego, ese que acaba con todo. Ese que tiempo atrás aquel mismo teclado había visto en las pupilas marrones del escritor. Una llama que se había tornado en chispa, una chispa que se había quedado en gas. Un gas que no tenía ya fuelle.

Eso le quedaba. El anhelo esbafado de lo que había sido un sueño.
Claudicar.

“Resignarse…”. Escribió. El teclado rebosaba escepticismo, pese a todo, se sentía hundido, el fracaso de esos dedos, de esa mente, de ese corazón, era su fracaso.
Una carta de rendición. Poco le quedaba por hacer, aceptar la voluntad de aquel que escribía sus páginas. Cerrase sobre sí mismo y permanecer a la espera de que lo volvieran a necesitar.

Un destino amargo, como suelen ser los destinos. “Si son dulces los llaman recompensas.” Esclarecía el escritor, ante el ánimo aplastado de su compañero de fatigas.

Muchas noches en vela, desafiando a un lienzo, al vacio, a eso que tantos hombres temen, y que con su complicidad algunas maquinas ayudan a vencer. “Esto no acaba aquí.” Se dijo el teclado para sus circuitos.

Cruzo los cables y se encomendó a su antivirus. La pantalla vehemente, acudió en su ayuda.

Un “¿Estás seguro?” apareció en el fichero de Word, ante la mirada atónita del escritor.

“Si.” Tecleo aquel hombre, un joven ya viejo, con más miedo que alma.

“Fue bonito.” Brotó de la nada, agradeciendo su labor al literato.

“Siempre lo es, por eso lo hicimos.”

“¿No te queda nada?” le pregunto el teclado, aferrándose a cualquier posibilidad, por ínfima que fuese.

“Son todo trucos muy vistos, nada digno de repiquetearte.” Tecleó el caballero, con el gesto torcido, como intentando evitar que las entrañas se le salieran por la boca.

“¿Y esos roces que tuvimos?, ¿Esas caricias que no llegaron a nada? Tantas veces paseaste por mis teclas tus yemas para al final callarte…” dijo el teclado, usando su Times New Roman mas dolida y temblorosa.

“No tenía nada que decir… Como hoy, solo me queda un gracias, darle al “guardar como” y todo habrá acabado.” Respondió el escritor, con una forzada condescendencia.

“Pues adelante, yo no soy quien ha de aceptar tu rendición” Susurró en Arial Cursiva, como quien encorajinado pide a su verdugo que se dé prisa en liquidarle.

“-.Gracias…”

Y se apagó en su silla, tranquilo, con seriedad. El escáner bostezo un haz de luz. Ya era de día.

domingo, 9 de mayo de 2010

El sudor del suicida.


Corrían cojeando, cojeaban mejor dicho, a resguardarse los mendigos cojos, gorjeaban las pocas palomas que quedaban, y la lluvia, tenue, se ceñía como un vestido vaporoso sobre la nada que quedaba tendida entre edificio y edificio.

Un cuarteto de cuerda, obstinado, pretendía emular la hazaña de los violines del Titanic, silenciando el tac-tac de las gotas con acordes resbaladizos que pretendían sonar a Vivaldi.

No lo conseguían y mientras las gotas suicidas se descolgaban de los techos del infinito, para abrirse la cabeza contra nuestras mundanas aceras yo intentaba contabilizar las bajas que las pobres gotas estaban sufriendo.
Sobre las rejas esquineras se vertía su sangre. Encharcándose el centro de las calles.

Las ancianas se protegían la permanente, las bolsas del Eroski escudaban los pelos de las viejas de los cuerpos de los kamikazes. Los niños les pisoteaban, saltaban eufóricos sobre los cadáveres húmedos que resbalaban por el piso.

Una bici dio con el manillar en el suelo.

Las gotas, reagrupadas, ennegrecían el cielo y lastimosas se lanzaban con fuerza en una última oleada, aun mas desesperada, con las fuerzas que les regalaba el deseo de cambio, sus ganas de revolución, su certeza absoluta de que en las calles cercanas al rio estaba el siguiente paso en su vida, el camino más directo hacia el mar pasaba por romperse la crisma.

O eso me explicaron las pobres que chocaron con mi frente y que poco a poco desaparecieron, algunas cayeron en la comisura de los labios a otras se las llevo la palma de mi mano.

Los charcos susurraban, parafraseando a Wilde, que en aquellas tardes de tormenta su vida fluía rápida y descarnada para después estancarse durante meses.

“¿Vale la pena el salto? ¿De que te sirve si acabas al pie de un badén esperando que el sol te evaporice?” Pregunte a la pila de suicidas abatidos más cercana, sonriendo, regodeándome en la determinación de esas aguas bravas.

El charco se limitó a reflejar mi propia sonrisa.

Vivo esperando una tarde de tormenta en la que vea clara la equis, el punto al que lanzarme, como buitre hambriento a pila de carroña.

Mientras me conformo con observar las estúpidas heroicidades y las astutas canalladas de un montón de suicidas sudorosos, de manos resbaladizas, que tienen bien claro el objetivo de su salto HALO.





-.Cabría señalar que la foto es de Don Alvaro Coomonte Túnez,gran joven, genial delegado y como queda claro solvente fotógrafo.

miércoles, 28 de abril de 2010

A la sombra del farol.

Hablaban distendidas la farola y su sombra. Ella se quejaba, la farola atónita se justificaba, intentando que su colega bajase el tono.

La sombra se sentía sola, encerrada en aquel oasis de luz, lejos de las zonas en penumbra donde sus iguales se fundían. Se arrejuntaban. Se daban al placer de ser sombra.

Aquellos callejones hedían a sexo lóbrego, a la pobre sombra de la farola se le ponían los dientes largos, patética sollozaba vete-a-la-mierdas a su acompañante de metal, que la miraba con más pena que odio. Le guiñó el ojo y por un momento abrazo a los suyos.

Abrió el parpado. Sus barrotes anaranjados volvieron a cercarla. Blasfemó desde su condición de blasfema criatura. Los suyos se diluían, el naranja de su cárcel se tornaba en gris cemento, con tintes de amanecer la pequeña sombra rogó un “suéltame” por última vez.

La farola tosió una última bocanada de luz, y se apago, libero a la sombra que en esos momentos ya no era sombra, era alborada.

Una alborada que había sido sombra, que había soñado con acabar con esa luz naranja.
Falsa, vomitiva. Que no muestra ni la melancolía de las estrellas, ni la arrogancia de la Luna, ni magnificencia del sol, es solo eso, una puta farola, un trozo de frio metal donde los canes mean.

Un instrumento del ayuntamiento para salvaguardar a sus votantes cuando vuelven a casa una vez de noche.

Yo sé que no he creado esa farola, yo no crearía esa luz. Francamente, no tengo ni puta idea de lo que crearía.

Dudo mucho que un mundo mejor.

Son ya dieciocho años de vida y en estos momentos en los que la noche obliga, toca hacer recuento. Me quedan demasiadas cosas que contar, demasiadas cosas que ni siquiera sé si son ciertas, tengo una agri-amarga bocanada de bilis fresca en la garganta. Estaría orgulloso de poder decir que estoy orgulloso de la vida que he llevado.

Mentiría.

Hoy he cumplido dieciocho años. Hoy soy tan yo como ayer y a lo mejor, en el peor de los casos, un poco menos yo de lo que seré mañana.

domingo, 11 de abril de 2010

"Cuarto sin ventanas"

Era un caserón de esos que ya no se levantan, robusto en su gesto torcido, de anciano que con la punta de la nariz ya va olisqueando el suelo que le dará por tanto tiempo reposo.

No parecía asustado ante el derrumbe de sus piezas, cualquier otro que contemplase como su piel cuarteada caía desconchada sobre el suelo, tal vez hubiese gritado, se habría chiscado en los muertos de alguien o habría consultado a un dermatólogo.

Pero él no. Él se contentaba con saber que seguía en pie cada segundo que se mantenía erguido. Por mucho que le pesasen sus tejas ennegrecidas y le dolieran las vigas, ya roídas. No se quiso venir abajo, contenía vida, escuchaba en su interior risas, gritos, golpes y gemidos.

Sonidos que nunca quiso traicionar. Supongo que esas manchas de humedad que los críos vieron en el desván eran la transpiración del coloso, que vivía en completa tensión por evitar que su mollera diese con el suelo.

Y al final le pudo el peso del hormigón. Retumbo la tierra, el titánico esfuerzo había valido la pena. Murió con las cortinas puestas.


PS:Y yo sigo, de pie y con la novela, y para que lo sepáis: estoy a dos párrafos de la muerte, absurdo invento.