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lunes, 9 de enero de 2012

Cuentos.




Rueda, mi alma a tus pies, en el cielo desencantos, mis pecados contra la pared; alguien pide que abran fuego y yo me acerco, a ver si me encienden el cigarro.

Es todo pose, no te voy a mentir, bueno, tal vez luego, cuando no me quede nada por decir o por inventar, ninguna carta baja que intentar colarte, jurando por Dios y el Diablo que es un as.

O un tres, si pintan copas; dos sobre la barra, bebes de la tuya y una lámpara tuerta te cambia el color de los ojos. Porque esto va de ojos.

De mirarlos, medirlos, sentirlos tuyos y lanzar amarras, acercar la nave y conjurarse para el abordaje. Mucho río y poco mar. Un mar de dudas, de deudas, de sueños, de habitaciones mal rentadas a medio ventilar.

Que no hay mala literatura, ni buena, ni arte, ni sagrada providencia que me alejase de tu vera. Tan sólo si existieras... si me dieras la excusa para disparar contra alguien, por celos, por amor, por miedo, para después culpar una vez más al alcohol. Qué feliz me harías.

Hay muchas cosas que no sé, es cierto; nunca supe como mirarte, que palabras usar, supongo que no acerté en la manera de tocarte, fallé al quererte y definitivamente al dejarte marchar.

Siempre aprendí las cosas tarde, a toro pasado y con la cornada fresca. Vi gotear la sangre y sólo se me ocurrió dejar la herida sangrar.

Hay muchas cosas que no sé. Nadie me enseñó nunca a andar con salero, a empezar un poema o a amar a una mujer. De esas que tropiece, que no sepa lo que es un verso o que me acabes mirando desde tu cama con condescendencia.

Me debo estar quedando ciego, porque me bailan las letras, las propias y las ajenas; me tiembla el pulso cuando hace frío, cuando veo fuego, cuando me siento solo.

Que nunca quise aprender a aguantarme a mí mismo. Busqué lecciones de vida en libros con las páginas rotas y aprendí que la vida iba en serio de pura casualidad. Alguien me dijo que no valía la pena intentar llevarse la vida por delante y yo asentí, agradecido.

Nunca me interesó dejar huella, y por eso aprendí a arrastrar los pies.

Jamás quise salir en la portada de nada. Y de esas, tal vez, que nunca perdiera un minuto en medir mi pose.

¿El secreto de mi fracaso? Mucha naturalidad.

Caminé, andé a través de muchas calles, más o menos sucias, mejor o peor iluminadas. A cinco minutos de tu plaza y a dos mundos de tu portal.

Hay muchas cosas que no sé. Pero sé por donde sale el sol, de que lado sopla el viento. Sé que fue el amor de mi vida y que después ya no lo fue. Sé que no vale la pena pensarlo dos veces, ni merece la pena preocuparse; no, no llores mujer.

Que el mundo es del Diablo y en tus bragas vive Dios.

Sé que a buen entendedor pocas palabras bastan.

Que los gatos pardos son los únicos a los que la noche no cambia y los perros verdes a los únicos a los que la vida deja en paz.

Sé cuantos escalones me separan de la calle. Me sé el Padrenuestro, y eso que no es ni padre ni mío. Hay treinta y una baldosas en mi habitación, diecinueve perchas en mi armario, ocho pecas en mi cara, dos euros en mi cartera y, a veces, una sola oportunidad

Hay muchas cosas que no sé. Enséñame, lunas de papel, conciertos en silencio, aviones que se estrellan en junio, o la foto de boda de tus padres. Y te sonreiré.

Hay tantas cosas que no sé... es cierto. Pero no me vengas con cuentos, porque me han dormido siempre con ellos. Y me sé todos los cuentos.


miércoles, 12 de enero de 2011

Entrando cruzado.




"Una primera frase bien hilada es como un disparo de aviso, seco, cortante y muy esclarecedor. Pero claro, requiere del valor necesario; quien clama al cielo con un colt en la mano lo hace a sabiendas de que hay quienes responden a ese tipo de avisos con otro disparo, no tan cortés.


De todo eso va esto, de balas perdidas y de clamar al cielo. De frases bien hiladas y de reunir el valor. De que te devuelvan el tiro.


Yo soy un cobarde, nunca habia sido quien disparase la pistola, ni siquiera la habia empuñado, yo, pobre de mí, pertenezco a ese grupo de personas que cierran los ojos al oir un tiro.


Por eso, a pesar de lo que el sentido común dicte he preferido no joderos el timpano con una frase contundente, como: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.


No os pido que me llameis Ismael, ni os evoco lugares remotos de la Mancha, cuando todo esto empezo no estaba conduciendo un mustang rojo a la altura de Barlow, ni Arthur Ganate me estaba tirando de la lengua.


Esto no es una fábula moral, yo no soy un pescador cubano, tampoco es una retorcida red de paralelismos lingüisticos y retóricos, no es un guiño a nadie, no es un viaje ácido, ni un paseo por mundos fantásticos.


Muggles sin cicatriz, un intento fallido de cruzar el espejo del callejón del Gato, esta historia va de eso.


De niños perdidos que se arrastran desde el bar de la esquina hasta la tercera bocacalle a la derecha, recto hasta el amanecer.


Va de hacerse mayor supongo. De hacerse mayor cuando todo el mundo intenta perpetuarse en su fingida juventud, de ser integro mientras los demás zurcen a cara de perro los jirones de sus almas.


Va de esos tiempos en los que aun viviamos una vida tranquila, realmente tranquila, una existencia monótona siempre tiende a resaltar los hechos que se salen de lo gris. Para lo bueno y lo malo, eramos crios, un charco nos suponia un oceano en el que vivir una aventura inimaginable, pero tambien un lugar donde naufragar y morir ahogados.


El amor sonaba a te quiero despues de la paja, la aventura a amanecer ebrio, el valor era confesar en casa que se fumaba y al futuro no se le veia ni asomar la coronilla por el horizonte.


Días de todo y nada, vísperas de fiestas y mañanas de resaca con noches de las de quemar suela y neuronas de por medio. Una vida normal. Triste, pero es lo que hay, no eramos hombres ricos viviendo en el lujo, ni pobres malviviendo en busca de una oportunidad.


Cargabamos con la desasosegante cruz de pertencer a la incómoda clase media, media-baja, puestos a ponernos puntillosos y a sacar ese orgullo de chucho barriobajero que nos arde en el pecho a los bohemios.


Los bohemios, la gente especial, los que se autodenominan como tal son a fin de cuentas personas normales y corrientes a las que les parecia turbadora la idea de que les metieran en el mismo saco que al prójimo.


Hay quienes no aceptan ni una cosa ni la otra. Gente que rompe el saco. Él era uno de ellos. (...)"



Supongo que Beethoven sintió algo así cuando compuso los primeros compases de su quinta sinfonía. Valga la comparación, uno sabe que no es Beethoven, ni Lorca, ni nadie que se les parezca pero aun con todas, a mi parecer es la mejor obertura que nunca he escrito, parte de un relato de esos que se mandan a concurso a ver si suena la campana. Si me llevo el concurso ya invitaré a una ronda, de no ser así aceptaré ser invitado.


La foto de Adriana Tudela http://efemeridesatg.blogspot.com nubes y nubes allá en Bubal. Me ha costado decidirme entre esta y una de su novio en pijama. Salud y rocanrol.





miércoles, 5 de enero de 2011

Barras de bar.






Arde, como arde una estufa de butano en mitad del desierto, arde el suelo a sus pies, echan chispas las arrugas de su alma y en sus labios se consume un cigarro.

Roba el viento sus cenizas. Como roba lágrimas a contratiempo e insultos de refilón. Dentro del bar el tiempo contiene el aliento y saca pecho. Los segundos se eternizan. Huele a falta de amor y a exceso podrido allá cerca del billar, se pasea un eco de humo por el paladar, brillan los vidrios al otro lado de la barra y los clientes suspiran.

En el pie de la banqueta redobla el tacón de un mocasín negro de la cuarenta y cuatro, su mirada fija en el extrarradio, su mano va del vaso al pelo, fluye güisqui nacional rebajado por su laringe y por su sien cruza como un tiro la voz de Roberto Iniesta.

Canta aquello de que está harto de tanta canción insulsa, de tanta reposición en la dos y de que no se diga lo que cuesta el amor . El muchacho resopla y le echan un brazo al hombro.

Que no te preocupes nano, le viene a decir, con el cinismo goteando del lacrimal el borracho de su vera, que jodidos estamos todos y más lo vamos a estar, se sonríe, y rebusca en su bolsillo, fuego, no encuentra, al parecer estamos faltos de gas.

Almas esbafadas, gente sin chispa. Corre un mechero por la barra, entre jarras y cántaros vertidos y llega a las manos a las que tiene que llegar.

Que escuches nano, prosigue el borracho sin soltar del hombro al joven, que hemos obrado mal, que claro que me arrepiento pero joder... grazna entre chupadas nerviosas de pitillo, yo no me dejo vencer, ¿Entiendes?, que un hombre que acepta su derrota no es hombre nano, un hombre no piensa en tirar la toalla, eso son mariconadas, un hombre de verdad sólo sabe aceptar el K.O.

El muchacho clava los ojos en sus mocasines, que han dejado de repiquetear, yo estoy contra las cuerdas, murmura antes de pegar un trago lánguido a su vaso, su acompañante se ríe y decide negar.

“No”.

Se calla y mide su silencio,toma carrerilla, uno, dos, tres y retoma el hilo.

Habla como hablan los hombres que creen no poder ser contradichos, como un coloso que no llega a ver sus pies de barro, el tío le da al palique, y cuenta lo que tiene que contar, se hace el duro, gesticula, extiende los jirones de su alma por esa esquina mal iluminada de ese bar de carretera.

Salpica de su barba el garrafón, de su mirada el sentimiento de abandono, ahora grita que para cuando le toque bajar a los infiernos no habrá caldera que no esté cubierta de nieve, y que espera que sea de la baratita.

El chico, el de los mocasines negro, parece cansarse y hace amago de recoger y salir por la puerta, el mundo afuera gira. A lo suyo, olvidando a los que quieren ser olvidados.

Los dardos cogen polvo y las bombillas parpadean, el joven desdobla la chaqueta y se la echa al hombro, se tambalea hasta la puerta. Una voz rota le ruge desde lo negro que buena suerte chaval.

El reloj da las tres y el sol pica que rabia. El viento sopla desbocado hacia el mar; arrastra cenizas, saliva y alguna palabrota.

En la parada del bus se agolpan las almas que deciden retomar un camino a ninguna parte.

El joven, antes muchacho del bar y ahora viajero, frota el pie contra el suelo, una, dos veces, y teniendo la certeza de que todo está en su sitio se mete las manos en los bolsillos y clava la mirada en el arcén izquierdo de la carretera.

Camina, y las ruedas rozan la grava sin clemencia, el rugir de los motores le salpica el tímpano y en el horizonte todo parece tener un poco más de sentido. Incluso el andar por andar...

Andar, por lo menos, hasta el siguiente bar.



-.Foto de Don Óscar J. Pintado, titula como esta entrada, parte del verso de una canción de Miguel Ríos. Feliz 2011, esperemos que los Reyes se porten con todos como deben. Yo a lo mío, escribo, leo, espero, miro por la ventana...





viernes, 8 de octubre de 2010

Toque a degüello.




A falta de gaviotas, los suspiros encapotaban el cielo aquella noche.

Un zumbido de escepticismo arreciaba en sus oídos, la duda asomaba por sus ojillos pardos y un sus bolsillos aquellos dedos pequeños y dulces se entrecruzaban, sudorosos, buscando el abrazo de un igual.

Mientras, en las calles soplaba Cierzo, los vagabundos pegaban sus espaldas maltrechas contra los portales y echándose el aliento de polvo y tintorro contra las manos maldecían.

Y tú, qué harías en aquellos instantes. Qué más da. Los coches rugían. Los transeúntes intentaban librarse de sus cruces, haciendo que la Gran Vía rezumase a Gólgota contenido. Los grillos afinaban para su serenata de cada noche; como los jóvenes en sus casas, estirando sus piernas y mirándose al espejo.

El traqueteo de unas vías perdidas decía a todo esto que no y huyendo en zigzag se perdía lejos del mundanal ruido.

A mí me visitaba la suerte, tal y como acostumbra: pasando de largo y saludando con esa lengua suya de gato.

Esa que las mujeres de frente estrecha y labios tirantes me enseñan cuando les puede la condescendencia y se sienten obligadas a enseñarme algo.
Una lengua garduña, que lo único que gusta de relamer es un buen par de garras; al acecho. Con el cebo en diestra y el arpón del desengaño en la siniestra.

Un caleidoscopio de luces y sombras teñía el gris anaranjado de las calles, regando los pasos de cebra y los vidrios rotos. Los niños lejos de todo aquello, se dedicaban a soñar con formas obtusas que con el paso del tiempo irían cogiendo sabor y consistencia de cuerpo de mujer.

Así lucía la ciudad, que se dejaba mirar.

Y yo lo hacía, desde las alturas, sin miedo a dejarme caer. Notaba el sedal de mi vida correrme entre los dedos y perderse en aquel mar de sueños de infante que se esparcía bajo mis pies.

Un mar revuelto, que retumbaba alterado por el silencio trágico del romper de los promesas contra el malecón. Ni siquiera ese sonido, de agua estancada batida conseguía despertar a mi teléfono del tenue duermevela en el que parecía sumido. Ahí estaba, el muy cabrón, sin mover ni una ceja, callando y otorgando a aquella pose fingida el estatus de mueca.

No hubo más, tampoco hizo falta, nos quedamos mirando, él desde la mesita de la entrada encogía los hombros con malicia, yo como otras tantas veces no sabía que decir. Tal vez un “joder” hubiera sido lo más oportuno pero a mí nunca me ha gustado dármelas de oportunista.

Siempre he preferido ser un visitante inoportuno.

Un animal nocturno.

O un poeta, de esos que se plantan cara a cara a la soledad, le miran con los ojos ahogados en alcohol y se ven reflejados.

Alguna blasfemia a ritmo de blues. Una zarandaja, envuelta en sábanas frías y se acabó la noche.

Como acabó mi espera; que dejándome solo en la cama se zambulló en el vestidor, para salir disfrazada de decepción. De madrugada. De desamor.





-.La foto de : http://www.flickr.com/photos/juanesoc/ Y yo pendiente de mil asuntos y negocios, me jode y re-jode tener esto tan desatendido.

sábado, 3 de abril de 2010

Deshojando cuadernos, considerando rendición.

Todas las noches me invento un mundo pequeñito que cabe en la palma de mi mano, un mundo que ríe, que crece entornándose alrededor de la luz anaranjada de mi habitación, un mundo hecho con promesas de mejora, un mundo cimentado en falsas esperanzas de redención, un mundo que se levanta contra los fantasmas del cinismo.

Pero de la misma manera que decide nacer, todas las madrugadas llega el momento del cataclismo, siempre me acabo cansando de ese sueño, de esas teclas hundidas arremolinadas en versos o en párrafos, la vida mas allá de mi vida es un fichero Word.

Un fichero con fecha de caducidad, un fichero inconcluso y maldito que un virus, o un golpe, o una descarga de ira mal enfocada borrara.

Y volverán mis sabanas, mis dulces quimeras eróticas, mis pesadillas sado-solitarias y el sol como un cabrón me dirá que todo se acabo.

Lo cibernético, lo onírico, todo tiene un punto final, que una fuerza mayor, esa que tiñe de marrón nuestras vidas en octubre y de verde pistacho nuestro paseos de marzo, decide trazar de un plumazo.

Escritor aficionado, fallas como un novato ebrio. La gracia de esto, de las alucinaciones de borracho, de las fantasías de crio, de las divagaciones de escritor marginal (tanto en público como en sueldo), está en que ni una mala noche, ni una mala racha, ni un encumbramiento repentino, ni el peor de los olvidos, ni las mantas del descanso diario, ni el sepulcro del descanso eterno, ni un astro rey, ni un padre creador, ni nada de nada, puede dejarnos sin combustible, quietos, muertos de asco en la estacada.

Porque todos esos imprevistos quema-gasofa/jode-depósitos son nuestro combustible.

Levántate, salgamos en viaje de recreo, no te abrigues pero grita, llora si lo consideras necesario, nunca olvides lo que has venido a hacer.

Chirlero en albornoz. Así me siento hoy, de oxido y felpa, hasta los cojones.

jueves, 25 de marzo de 2010

Nunca es primavera donde Freud nació

Yo sé que no soy poeta.

Yo sé, que habrá noches como esta en la que no tenga nada que gritarle al mundo.
Yo sé aunque admita con la cabeza gacha y a regañadientes, todos los costes que he decidido echarme a la espalda.

Y sé las consecuencias que van a tener.

Sé que pierdo fuerza, que mi canción se torna a veces en grito, en grito que acabe por desfigurarse, cegando todo sentido con el quebrar de mi garganta.

Sé que no haré enmudecer a nadie, pero necesito decirlo, hoy día veinticuatro, veinticinco, qué más da. Hoy no he aprendido nada, hoy he visto un poco más del mundo, hoy me sigue sin gustar.

Y sigue cayendo la lluvia, gota a gota, llegará a mellar las baldosas que escondían la arena del mar.

Pero yo no lo veré.

Al otro lado del cristal la tempestad no deja vislumbrar final, hundo teclas contra el cuerpo cálido del ordenador mientras cruza un rayo.

Y aun así. Sé que no valgo, que es mierda lo que escribo, que no tiene ni fuerza, ni gancho, ni mensaje.Ni una puta moraleja con la que se puedan quedar los críos que se cruzan conmigo.

Podría hablarte del hambre, del amor, del miedo que tengo a la soledad que día a día me ronda acercándose un poquito más, a sabiendas de que ya sobra la cortesía.
Su aliento se adosa a mi nuca, poco a poco noto el vaho de su garganta juguetear con la parte baja de mi cuello.

Sigo sin tener nada de lo que hablar. A lo mejor tan solo te tenga que admitir que no soy feliz.

No quiero creerme mis propias mentiras, autosugestión barata, de eso depende una vida plena, leí recientemente de un majadero: “Cubre tus necesidades, así serás feliz”.

Valiente gilipollas, con un católico-simplista hemos topado.

Puede que a lo mejor mi cuerpo, mi alma, mi mente, mi ventrículo izquierdo, mi maltrecho hígado, mi tobillo quemado… pidan lo que piden.

“Haz de tu vida algo interesante, déjate de mariconadas, coge la mochila y sal por esa puerta. ¿Quién necesita un título pudiendo tener aventuras? ¿Quieres una vida normal? Pues no coño, quieres hundir galeras piratas en Somalia, quieres besar el viento en Nepal, quieres gritar al poniente desde el punto más virgen y blanco de Alaska, quieres llorar habiendo visto morir a un niño soldado del Sudán, quieres bailar entre las oleadas de fuego cruzado un campo de batalla Afgano, quieres ser tan viejo como puede ser un hombre joven, quieres ver todo lo que hay fuera y cuando todo acabe morir habiendo conocido lo incognoscible, habiendo llegado a lugares en los que el hombre no querría haber estado jamás… Jódete, esa vida no está a tu alcance”

Eso me grita mi ingle. Paquete bastardo.

Tengo una hucha, tengo una hucha y una publicación. Tengo una hucha, una publicación, bolis, folios y muy mala hostia. Tengo una hucha, una publicación, bolis, folios, muy mala hostia y un sueño.

publipiamonte@hotmail.com

Morir escribiendo. El que entre letras muere, con letras mata.

Vivir entre palabras.

Sueño, onirismo toca huevos.

Mierda, bon apetit.